Pasión de multitudes - Por Sebastian Saharrea

Prospera en San Juan una especie de Fútbol para Todos, con toques particulares: sin la televisión, para que la gente de San Juan pueda ir a la cancha y disfrutar del Estadio.
viernes, 10 de febrero de 2012 · 20:45

Por Sebastián Saharrea
ssaharrea@tiempodesanjuan.com

A no engañarse. El cambio de estatus que llevó a San Juan a ascender violentamente en el ranking futbolero nacional no se produjo como consecuencia de alguna buena jugada en el campo de juego. En realidad, hizo falta que la pelota pegue en el palo y entre: talento y algo de suerte. También, de una buena dosis de moneda. Músculo y billetera, como dicen los españoles.

Ya no es la misma San Juan futbolísticamente hablando. En un puñado de años pasó casi sin escalas de reportar en el casillero de las provincias más relegadas a una alta figuración inédita en su historia como ocurre hoy. Remontarse caprichosamente unos cinco años y se podrá ver que el estandarte provincial de aquel entonces era portado apenas por un equipo en la B Nacional –San Martín- y hasta allí se limitaba la figuración provincial en las primeras planas de los eventos deportivos de envergadura nacional, de esos que obligan a los canales o los diarios porteños a enviar periodistas, camarógrafos o fotógrafos.

Eran los tiempos en los que todo lo que había era consecuencia de un triunfo deportivo y nada más. Eran los tiempos en los que, casi profético, el presidente de San Martín, Jorge Miadosqui, extendía una bandera en una cancha alemana en pleno mundial del 2006 para pedir el “estadio único en San Juan”.

El tablero ha cambiado ahora rotundamente. Un equipo en Primera, otro en la B Nacional, un estadio modelo y eventos futbolísitcos a buen ritmo: Copa América el año pasado -con la presencia de Chile y su marea roja copando la parada en el Bicentenario-, selección argentina –un tanto devaluada, pero selección al fin- para concretar el corte de cintas, Copa Argentina con el paso de River primero y de Racing después, el esperado choque entre San Martín y Desamparados y ahora la secuencia de Boca contra un equipo rosarino el 1 de marzo y la esperada final de la copa. Más lo que será, seguramente, las dos noches de gala del Bicentenario en este tiempo: la presencia de River para jugar por los puntos contra Desamparados el día después del cierre de la Fiesta del Sol, y la de Boca al mes siguiente jugando también por el campeonato contra San Martín, con la expectativa de que sea ese día el bautismo del verdinegro en el nuevo estadio por el torneo de AFA.

La Copa Argentina ha sido una gran oportunidad para federalizar el fútbol, aún con resultados por ver pero con algunas insinuaciones interesantes. Primero, desde lo deportivo: porque no es menor el roce de equipos y jugadores que jamás en la vida verán a los consagrados de cerca, jugando contra ellos y las luces de la tele en los ojos. Luego, por la federalización de imágenes: nuevos estadios, nuevas caras para un torneo que transcurre en las afueras del país: Salta, el Bicentenario pocitano o un nuevo y coqueto estadio en Catamarca que nadie sabía que existía.

Pero ojo que no fue para cualquiera. El interior es bien grande y allí aparece la gran divisora de aguas: la billetera. Y San Juan debió hacer una importante inversión en metálico para concretar la el aterrizaje de la constelación de la redonda, a no creer que este circo se mueve por alguna otra cosa.

Esos recursos, difíciles de cuantificar porque hay desde cachets a deportistas hasta ingresos para personajes curiosos, surgen en su mayoría de la ventanilla del fondo minero administrado por el gobierno y constituido por un aporte del 0,04% de los contratos de las empresas del sector. Son, en consecuencia, fondos públicos orientados a sostener un espectáculo deportivo, nada diferente a lo que ocurre con cualquier evento deportivo del mundo por más privado que parezca.

En eso coincide toda esta operación sanjuanina con el sistema nacional del Fútbol para Todos. Tienen distintos métodos: uno para atraer esos espectáculos y otro par que lleguen a todos los hogares por televisión. Pero el mismo fin: invertir dinero público para difundir por medio del deporte acercándolo a la gente, uno por medio de la tele y otro al ponerlo en un estadio cercano para que todos puedan ir.

Debajo de ese paraguas es donde ocurren todo tipo de operaciones. Porque el fútbol es un evento privado en el que el Estado siempre tiene intereses. Y comienzan los intercambios, las manos para un lado y para el otro, los intereses cruzados. Sin ir más lejos, la marca selección argentina y la marca Copa Argentina son usufructuadas por la empresa Santa Mónica, que se encarga de los amistosos, de la organización y de la tickeadora.

Ellas es la que decide dónde, cómo y porqué, con criterio terminantemente comercial, apenas influido por el condimento político. Ese que en la AFA y de la mano de don Julio consiguen conjugar a la perfección. Ese es el combo que aterrizó en San Juan con la llegada a los primeros planos del negocio futbolístico, la condición, el universo que hace falta atravesar para subir el nivel. Aunque haya que hacerlo con un broche en la nariz.

Si el lector se pregunta qué hacía Guilllote Cóppola en la presentación oficial del estadio del Bicentenario como sede de la final de la Copa, la respuesta anda por ese lado. No sólo huele como el tiburón a la sangre cuando anda rondando el negocio futbolístico, sino también capta con certeza las otras dos dimensiones que lo complementan: la oportunidad política y el glamour. Cartón lleno entonces para la irrupción local como destino de las grandes ligas: quien quiera durazno, que se banque pelusa.

El resto será entrecasa, aunque la entrecasa también cuenta. Este año, por ejemplo, el nuevo estadio sirvió para concretar lo que no debió haber sido noticia: un clásico sanjuanino a estadio lleno. Y lo fue porque hacía años que no se enfrentaban con sus equipos de torneos nacionales, condicionados por los apretadores profesionales que en San Juan también abundan.

¿Hubo algún operativo de contacto con los barrabravas para que “permitieran” jugar el clásico en paz, como Capitanich y Paco Pérez con las barras de Boca-River del verano? Si es así, ¿habrá que admitir que los dirigentes tienen influencia sobre la hinchada más desbandada? Y si la final en el Bicentenario es Boca-River, ¿habrá que negociar con “Rafa” Di Zeo o “Martín de Ramos” –jefes de las barras de Boca y Ríver- para que vengan a San Juan y no armen lío?
Menudo dilema el que plantea este planeta fútbol al que acaba de ingresar San Juan. Con mundillos peligrosos y furiosas pulseadas por el poder, que aún siendo de entrecasa generan ruidos en la línea y no dejan de salpicar interferencias. Como la de Alfredo Derito –jefe de la Liga Sanjuanina y principal gestor del aterrizaje de las primeras líneas de la AFA y sus productos- con Jorge Miadosqui, el presidente verdinegro, sentado arriba del principal capital sanjuanino en esta irrupción: estamos en la A.

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