No culpes a la reina - Por Sebastian Saharrea

A Ana Paula la nubló su candidez cuando encontró arrancado el estéreo de su auto. No hizo la denuncia, y está mal. Pero no es su culpa.
viernes, 06 de enero de 2012 · 19:15

Por Sebastián Saharrea
ssaharrea@tiempodesanjuan.com

Su belleza y su corona le sirven casi siempre a la Reina Nacional del Sol para abrir puertas, salvo esta semana cuando fue frenada en la puerta del ingreso al Dakar en San Juan por no tener su entrada. Doble contra sencillo que hubiese sido recibida con alfombra roja en la comisaría Cuarta, donde le hubiese correspondido realizar la denuncia por el robo que sufrió a la salida de una cena en un salón de fiestas de la Circunvalación. Pero no lo hizo.

Involuntaria protagonista de uno de los impactos policiales de las últimas horas del 2011 –el otro fue el fusilamiento de la virreina capitalina acusada de robar en el supermercado donde trabajaba- Ana Paula I reaccionó con pasmosa naturalidad: Dio por descartado que presentarse en la comisaría podría significar alguna solución al problema, y prefirió salir a llorar sus penas a otra parte.

Hizo Ana Paula lo que hace el grueso de las víctimas de la inseguridad hormiga, esa que ataca en dosis de baja intensidad pero dispone de una percusión enfermante. No te desvalijan una casa, pero un día te roban la cartera arrancada a tirones desde alguna moto, después de rompen la cerradura del auto para llevarse el estéreo, otra vez punguean alguna billetera.

Todo, en pequeñas dosis de hartante repetición. Que de tan pequeñas, nadie atiende: ¿saldrá una patrulla a rastrear a los cacos que arrebataron la cartera de una dama?

Son estos pequeños hechos no denunciados por Ana Paula y por la mayoría de sus víctimas un problema sin solución desde hace tiempo, tal vez el principal condimento de la “sensación” de inseguridad. La gente, mucho menos en San Juan, no tiene en general pánico a ser asesinada en un callejón sino a enfrentarse cara a cara con algún delincuente en pleno arrebato, sencillamente porque estos son los hechos que ocurren todos los días.

Parecen ser los hechos que se reproducen en serie. Porque quienes los protagonizan se sienten tan propietarios de las calles que descartan la posibilidad de ser detenidos, excepto algún accidente. No hay datos oficiales al respecto, pero ante su ausencia queda percibir el medio ambiente: es muy baja la proporción de detenidos de la totalidad de los hechos, que por otro lado tampoco nadie sabe cuántos son. Y en el caso que ocurra esa excepción, pocos se preocupan por alguna sanción judicial que los obligue a salir del circuito.

De esta manera, los delitos hormiga se han convertido en la principal preocupación de la gente que se manifiesta “insegura”, y es la inseguridad el principal problema de la gente. También, es el principal quebradero de cabezas de las autoridades encargadas de combatirla, de las viejas que se fueron con sus buenas intenciones, y  de las que llegan que a esas buenas intenciones pretenden agregarle eficiencia. Hay, incluso, en esferas oficiales la presunción de que existe –o existió- desde cierto funcionariado un aval a la proliferación de motitos cargadas con dos muchachos con casco aprovechando esa condición para arrasar con todo. No lo dicen en voz alta porque no hay confirmación.

¿Porqué hacer la denuncia?, es una buena pregunta para formularse para seguir los pasos de la autora de la resonante “no denuncia”.  Bueno, la verdad es que cuesta encontrar razones contundentes y en ese vacío sobresale la institucionalidad. Digamos, si un funcionario resulta víctima de un ilícito, es su obligación denunciarlo porque lo contrario encuadra en un gesto de desconfianza.

Confianza o desconfianza, el eje pasa por la utilidad. ¿Para qué sirve hacer la denuncia policial de uno de estos hechos hormiga? En principio, para la estadística. Pero el asunto es que la estadística tampoco se la emplea para demasiadas cosas útiles. Caso contrario, las zonas que parecen liberadas porque son donde mayor cantidad de veces se replican estos delitos estarían tapizadas de policías haciendo trabajo preventivo. ¿De qué sirve una estadística si no es para tomar decisiones respecto de lo que señalan?

En la Policía y la Secretaría de Seguridad no saben cuántos de los que sufren estos delitos hacen lo mismo que la reina del Sol: lo que entienden a la denuncia como un trámite burocrático que no hace más que generar más fastidio, y por lo tanto desisten de dirigirse a la comisaría. Sí, admiten que son muchos.

La gran frustración no pasa exclusivamente por lo formal: una denuncia es el elemento que inicia una investigación, sirve para atar cabos sueltos y detectar bandas, acumula acusaciones sobre algún eventual acusado. Lo peor es la pérdida de confianza: que haya prosperado como reguero de pólvora la sensación de que no sirve para nada.

Por eso los uniformados se quejan en silencio por lo que consideran una falta de compromiso ciudadano contra la inseguridad, en el hecho de no aportar los datos suficientes para avanzar. Y aquí es donde se produce el choque de posturas: ¿el huevo o la gallina?. ¿Qué es primero?, ¿una señal policial de que una denuncia no cae en saco roto para que la gente recobre confianza, o la obligación de registrarse en la comisaría para estimular una investigación que en su mayoría la gente no ve?

Verdadera pregunta sin respuesta que pone un abismo entre la fuerza policial y los ciudadanos. Y que termina en el desprecio de la gente que ni siquiera se plantea pedir ayuda uniformada, como el caso de la reina: ¿para qué?

Un sencillo ejercicio personal puede resultar útil para definir una tendencia. ¿Cuántas veces nos ha sucedido a nosotros y cuántas de ellas fuimos esperanzados a que la fuerza policial nos ayude a recuperarlo que es nuestro? Es más: ¿cuántas veces de las que fuimos, salimos de la comisaría más fastidiados de lo que entramos?

En esas respuestas está el nudo del problema, que sólo parece posible desatar a fuerza de años de buena letra para recuperar la confianza perdida. Como con otras cosas, la curva es caprichosa: el deterioro se produce rápido y el remedio es mucho más lento.

En el plan oficial bocetado por el ministro Cuevas en exclusiva para Tiempo de San Juan hay un elemento que llama la atención: la capacitación de las fuerzas policiales en claustros universitarios, una idea de larga data emprendida por el jefe de Policía Miguel González y resistida sistemáticamente desde adentro de la fuerza.

Independientemente del contenido de la cátedra, se trata de una sana intención que apunta al corazón del problema: la capacitación del personal. Si se le suma una mejor inversión en salarios y en cantidad de personal, habrá por allí un camino como para comenzar a soñar con que la gente entre confiada a una comisaría en búsqueda de una solución.

Claro, habrá que esperar. Porque no es un pase de magia.

 


Comentarios