El dolor de ya no ser - Por Sebastián Saharrea

Sentirse afuera es una sensación que les ocurre hasta a los dibujitos animados. Turno para César Gioja y Emilio Mendoza, con una historia interesante atrás.
viernes, 13 de enero de 2012 · 19:50

Por Sebastián Saharrea
ssaharrea@tiempodesanjuan.com

Hasta a las encantadoras figuras de laboratorio de animación les ocurre la espantosa sensación de sentirse abandonados y quedarse afuera. Hay que ver a las criaturas recreadas por Pixar para Toy Story 3 -el último gran tanque de animación de las usinas de Hollywood- llorando de pena porque el dueño de los juguetitos, un tal Andy, ha crecido y marcha a la universidad. El valiente vaquero Woody o el poderoso astronauta Buzz Lightyear sorprendidos descolgando un lagrimón al descubrir que el paso del tiempo los va dejando solos, que los chicos crecen y que aquellos viejos tiempos de sonrisas ya no volverán.

No hay ni cerca alguna pretensión de bajar línea desde estas simpáticas figuras simpáticamente dibujadas. Aunque lo hagan. Pero se trata de una metáfora útil para la película completa de la vida, incluida la política: nada es para siempre. Y hoy, todos los que abandonaron el barco o debieron abandonarlo por fuerza mayor sufren los dilemas de estos deliciosos juguetes animados en su último capítulo.

Se lo recordó esta semana en Clarín a César Gioja, el senador que hace un mes dejó la banca por San Juan que ocupó durante 6 años y no encontró ningún lugar que lo recibiera. “Los mal pagados”, tituló el diario para denominar a los que –como piensa que le pasó a César- defendieron a los Kirchner y no fueron reubicados. Encuadró en esa categoría a varios ex legisladores que no fueron “contenidos” por el oficialismo después de haber “votado todas las leyes K”, entre quienes citó al santacruceño Nicolás Fernández o la mendocina Patricia Fadel.

En el caso del sanjuanino, al menos, más que un mal pago parece ser una apuesta que salió mal. Porque César jugó toda su suerte a reemplazar a su hermano en el cargo de vicegobernador y no lo consiguió, por lo tanto su desplazamiento de los lugares que ocupaba resulta más una consecuencia de ese resultado que un gesto de mal agradecido.

Jugó con todo lo que tuvo a mano, y mientras tanto –es cierto- votó las leyes K. Habrá esperado hasta último momento algo que él se encargó de sembrar pero nunca pareció estar siquiera cerca: su eventual incorporación al equipo de Cristina Kirchner, desde reemplazo para Randazzo en el Ministerio del Interior hasta algo con menos pretensiones. Al final, no fue nada.

Hasta el 10 de diciembre tuvo banca y ahora ha quedado afuera por completo en el campamento oficialista. De todos modos, se las ha arreglado para mantenerse activo en las últimas elecciones, siguiendo de cerca a todo dirigente capaz de hacer daño al gobierno o al intendente de Capital, como el caso del candidato basualdista Eduardo Cáceres.

Su último intento de volver al ruedo fue hace poco más de un mes, cuando amagó con irrumpir en el partido y por un momento hizo encender las luces de alarma en Casa de Gobierno. Operó y consiguió hacerse anunciar en letras de molde publicadas en algunos medios, adelantando su declamada intención de formar un grupo alternativo en el peronismo.

No explicó detalles de su pretensión, pero todo el mundo interpretó que era una señal de que estaba preparando una lista para competir en las elecciones internas del PJ, hace dos semanas. Los mismos medios se hicieron eco de los dirigentes dispuestos a acudir al llamado de César en su apertura de un nuevo camino en el peronismo. Sobresalió Emilio Mendoza, el ex intendente caucetero que ya tiene un master sobre cómo hacer renegar al poder en las internas.

Mendoza es un histórico en peronismo provincial, pero con un poder de fuego alejado al de sus mejores tiempos. Su última perfomance electoral fue una digna derrota en Caucete ante el giojista Elizondo, en una campaña que lo tuvo varias veces muy cerca de quedar con su partido municipal bajo la tutela del Frente para la Victoria, pero eso finalmente no ocurrió.

Es cierto que “el Emilio” como lo llaman cariñosamente los que lo aprecian, tiene un largo historial de internas, tanto disputadas como amagadas. Es cierto también que en esas artes quedó apuntado varias veces en voz alta por haber fraguado avales de manera infantil: por colocar firmas de funcionarios apoyándolo a él.

Más allá de eso, su especialidad fue apuntar pero no tirar. Sobre el filo de la hora de presentación siempre llegaba con su carpeta y obligaba a la que pintaba como lista única a librar una elección en nombre de la democracia, en lugar de la proclamación lisa y llana. Aún sin la mínima chance, jugaba a su favor esa burocracia: nadie podía negarle la posibilidad de interna y si querían evitarla, debían negociar con él. El momento se arreglaba con un puñado de cargos, que el Emilio no hubiera conseguido por la vía de los votos. Buen negocio.

Nadie sabe si estarían frente a un nuevo amague del nuevo tándem Emilio-César. Si era una seña de truco para la gilada o estaban preparando el terreno para tirarse a una presentación en la interna con ganas de embarrar la cancha. Si lo hubieran querido hacer, tenían con qué: dos dirigentes históricos del peronismo –uno, César, candidato a gobernador en 1983 y el Emilio candidato a vice en 1991- reclamando internas era un pedido difícil de rechazar.

Por eso corrieron todos los dirigentes de la actual conducción a la sede del partido para ver si era sólo una finta o había que prepararse para algún round. Al menos en algún departamento en el que pudieran encontrar a alguien dispuesto a hacer renegar. Pero eso no ocurrió y todos volvieron a su casa tranquilos. Había pesado la otra parte de la película: para presentarse a las urnas –si lo sabrán ellos- hace falta ganas y billetera, dos requisitos que a veces hacen pensar las cosas dos veces.

En ese momento, César y Emilio habrán sentido quedarse afuera de un paraguas que les dio cobijo durante largos años. Y que por razones distintas decidió prescindir de ellos. Con mayor o menor intensidad, les quedará para su vida política cierta sensación de abandono. Para César, la sensación de ajustar sus apariciones a la dimensión personal, como cuando fue a la asunción de su hijo Leo el mes pasado y generó miles de comentarios y miradas de reojo.

 Dedicarse a la vida cotidiana. Como la del juguete, que siempre en algún rincón guarda una mirada política. Toy Story es, como lo afirma su traducción, una historia de juguete. Que ni aunque se lo proponga llega desprovista de alguna visión del mundo. El de esta pieza es nítido: propone un paisaje de casas con jardines espaciosos y arreglados, todos iguales y sin lugar para lo que desentona. Ni grandes mansiones, ni villas de emergencia. Y eso, aún en los alrededores de los estudios de donde salieron estos simpáticos dibujos, no existe. Sorry.

 

 

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