opinión

La (in) tangibilidad del empleado público

Dos hechos sucedidos, uno en ámbito local y otro cruzando el Plata vienen a cuento de lo que sigue. O lo que sigue viene a cuento de dos hechos sucedidos, uno en el ámbito local…etc. ¿Por qué no se puede despedir a un empleado público? Por Guido Berrini.
jueves, 12 de enero de 2012 · 21:16
*Intangibilidad: Imposibilidad de ser tocado o desvirtuado (Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calp)

El artículo 14 bis de la Constitución Nacional dice: “El trabajo en sus diversas formas gozará de la protección de las leyes, las que asegurarán al trabajador (…) estabilidad del empleado público…”

La definición está discutida. El prestigioso constitucionalista Bidart Campos considera que el autor de la ley (14 bis) no ha aclarado, como si lo hace en cuanto al empleo privado, que la ley asegurará la protección contra la cesantía (el despido) sino que asegurará la estabilidad. "Creemos que la norma se inclina a la estabilidad propia o absoluta, es decir a la que de ser violada obliga a reincorporar" al trabajador cesanteado.

La Corte Suprema, en varios fallos, sostuvo que la  estabilidad del empleado público no es un derecho absoluto a la permanencia en la función sino el derecho a una equitativa indemnización cuando, por razones libradas a su criterio, los poderes legislativos o ejecutivo deciden remover a un empleado sin que medie culpa de éste; lo que en la actividad privada sería un despido sin causa. Sin embargo, el Estado no despide, porque queda mal, o porque si no el sindicato arma un tole tole que “te la voglio dire”, y nadie quiere lidiar con eso.

Aclarado u oscurecido este punto vamos a lo que nos ocupa. No se trata aquí de hacer una cuestión legal de la intangibilidad o no del empleado público, sino de traer el tema a la cotidianeidad por la que transitan nuestras oficinas, reparticiones, dependencias y demás sitios donde los conchabados en el Estado realicen sus labores.

Los hechos
En el Uruguay, el “Pepe” Mujica redujo drásticamente beneficios de trabajadores estatales y aumentó las horas de labor de 6 a 8. Tiempo antes había cercenado en computadoras oficiales el uso de los sitios sociales en internet. Además los conminó a un mayor esfuerzo en el desempeño de sus tareas.

En San Juan un trabajador del Sindicato Empleados de Comercio acusó a un diputado de haberlo golpeado cuando el legislador lo encontró deambulando (según el también secretario general del SEC  o en la peluquería según el empleado) por los pasillos del sindicato. En las notas relacionadas a esta el tema está más desarrollado.

Piña va, piña viene, no es el asunto. Si le pegó está mal, y punto, digo sin creerlo demasiado...mientras lo sigo estudiando…mientras pienso de qué manera habría reaccionado yo. Habría que ver el contexto, la respuesta, el tono, y cómo opera -acá sí entra a tallar la cuestión- en la cabeza de un superior saber que, haga lo que haga, no puede despedir a un subordinado por la “intangibilidad del empleado público”.

Aclararé desde donde hablo. Soy un fanático  defensor  del Estado. De un Estado grande, elefantiásico (por tamaño) como gustan decir los liberales, (que no se qué problema tienen con la noble bestia africana). La existencia de más agentes públicos debería ser garantía de más salud, más seguridad, más justicia, celeridad en la atención de trámites, etc.

El problema es cuando la existencia de más agentes públicos sólo es garantía de mal gasto del dinero que debería ir a asegurarnos todos aquellos beneficios que la Constitución consagra.

Los privados te echan por ajuste, por inútil, o porque un gerente se peleó con la mujer a la noche y está de un humor de perros. Bien. Hasta ahí, bien. Te pagan la indemnización que la ley establece y a otra cosa mariposa.

En el Estado, si te escondes atrás del mostrador para no atender, si te atragantás de yerbeado y tortitas mientras un pobre Cristo espera durante una hora con una fotocopia en la mano a que te dignes a ponerle un sello…sólo un sello…no te tocan. Sos “intangible”, no te pueden “tocar, o desvirtuar”.

Si sos esa joven que cumple funciones periodísticas en la radio del Estado filial San Juan, “la radio pública”, según reza el institucional del medio, y dijiste que “la bomba de Gasaki provocó la redención del Japón”, no te pueden tocar porque sos intangible.

Insisto en que soy un defensor de la cuestión del Estado, y creo que desde ahí es de donde se debe profundizar el cuestionamiento, aunque parezca un contrasentido. Porque esos empleados de nuestros gloriosos bancos provinciales a los que les decían “azulejo”, porque siempre estaban en la cocina o en el baño, fueron, entre otros agentes de reparticiones diferentes, los que le hicieron fácil a los privatistas el desguace fenomenal en los ´90 del Estado que supimos conseguir.

Porque los que se llevaban las tuercas de los ferrocarriles para venderlas por kilo, que no les alcanzaba ni para pagar el vino del asado del domingo, le dieron el sustento al discurso neustandtiano que instaló en los medios la necesidad de terminar con el Estado de bienestar.

Porque las empleadas públicas que Gasalla ¿caricaturizó?, con la muletilla del grito “atrássss” ante la fila de gente que esperaba mañanas enteras ser atendida, también colaboraron para que desde los medios que iban prendidos en el negocio se meta en la cabecita de la gente que el estado era inútil, corrupto, ineficiente per se.

Me declaro entonces partidario de que cada vez haya más trabajadores en el sector público, y también de la “tangibilidad” de ese empleado, no por las cuestiones por las que lo tocan en el sector privado, sino por aquellas incapacidades o deméritos que conspiran contra el mismo Estado que los sostiene.

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