Ella se la juega sola - Por Sebastian Saharrea

Ana María inauguró su gestión a todo o nada. Busca esquivar las influencias: de Gioja y de su antecesor. Las designaciones familiares, primer tropezón.
viernes, 30 de diciembre de 2011 · 20:13

Por Sebastián Saharrea
ssaharrea@tiempodesanjuan.com

No es ni bueno, ni malo: es una decisión. Los primeros pasos de Ana María López de Herrera dejaron la certeza tajante de que la flamante intendenta de Rivadavia apuesta por ella misma y saldrá despojada de influencias a jugarse su propio pellejo en esto que tanto le costó conquistar. Que si le va bien, le irá bien a ella. Y si le va mal, también.

Parece tener Ana María el mapa de cómo llegó como inspiración para definir su futuro. Al fin y al cabo, llegó al sillón de jefa comunal desde el llano más absoluto y peleando contra todo el aparato en soledad. También llegó a caballo de un discurso de crítica radicalizada contra la gestión de Elías Álvarez, el intendente saliente al que le dedicó todo tipo de aspereza pese a pertenecer al mismo paraguas giojista. ¿Por qué cambiar, entonces? Al fin y al cabo, si la gente se decidió por un cambio, ¿porqué no producirlo de manera contundente y lo antes posible?, podrá preguntarse.

Allí es donde se bifurcan los caminos. Están los que predican ajustarse estrictamente al libreto original sin moverse ni un centímetro y están los que aconsejan orejear permanente el contexto y producir los ajustes más aconsejables, porque no existen los blancos tan blancos o los negros tan negros. Ana María parece haberse decidido por los primeros.

Así se fue desmarcando. Primero del propio Gioja, con quien mantiene la cordialidad y las sonrisas en público, pero por lo bajo se dedican una frialdad notoria. Al punto que hizo recular algunas gestiones emprendidas por el propio Gioja para el departamento, como el emblemático Centro Cívico para el que el propio gobernador consiguió incluir fondos en el presupuesto del año pasado (el que no fue tratado por el Congreso).

Está bien que esa obra es un emblema de la gestión Álvarez, pero para definirlo correctamente habrá que decir que se trata de un proyecto del tándem Álvarez-Gioja. Por lo tanto, un desprecio a esa gestión no sólo incluye al ex intendente sino al propio gobernador. Fue Gioja quien anunció que los fondos estaban presupuestados, y con algún esfuerzo más estarían disponibles. Cuentan que en los últimos días hubo una conversación en la que Gioja le dijo a Álvarez que los fondos estaban muy cerca, “pero no lo vamos a hacer”. Punto final.

La guerra fría entre la intendenta y el gobernador tuvo nuevos capítulos. Uno de ellos fue la sugestiva designación de Álvarez para el lugar que ocupaba la misma Ana María antes de ser intendenta, Defensa al consumidor, una repartición que ofrece posibilidades de exposición pública y política y que sirvió de trampolín a Ana María. Otro fueron unas declaraciones radiales en las que la jefa comunal disparó a bocajarro la semana pasada: “yo no necesité de Gioja para llegar”. Todo dicho.

En otra frecuencia, Ana María desplegó su operativo de separación de Elías Álvarez como si fuese un paciente con lepra, bien lejos de lo que dicen los papeles: dos dirigentes del Frente para la Victoria, donde uno eliminó al otro en la interna abierta.

El punto de mayor ebullición fue el de los empleados contratados, un asunto en el que la nueva intendenta acusó a su antecesor de haber introducido gente como ñoquis para vegetar detrás de los escritorios, y aseguró haber conocido sobre esos ingresos con antelación. Le saltó a la yugular Álvarez diciendo que Ana María sabía de qué se trataba y la trató de mentirosa.
También se presentó la marcha atrás en el proyecto del kayak sobre el brazo del río que recorre la quebrada de Zonda, donde Álvarez había impulsado el deporte acuático y Ana María decidió suspenderlo por falta de normas de seguridad.

Y así se fueron sucediendo episodios, casi todos con la misma tónica: la nueva intendenta deshaciendo lo que había hecho su antecesor en materia de emprendimientos. Habrá que ver si también revierte la prestación de servicios municipales, una faceta en la qué Álvarez sacó las notas más bajas y en la que la gente sí espera cambios rotundos.

Esta velocidad con la que la nueva jefa comunal de Rivadavia pretende mostrar una faceta diferenciada de todo cuanto la rodea necesita un par de requisitos. Para que la jugada salga bien, las cargas no se inviertan y la gente termine extrañando al que se fue, habrá que mostrar cambios inapelablemente eficientes. También, mostrar una conducta irreprochable que le permita ganar el humor de los ciudadanos.

Y justo allí es donde apareció la primera mancha. Fue su admisión pública de que tanto su hijo como su esposo disponen de un empleo en el municipio, y la argumentación de que lo hacen porque son una “familia militante”. Error importante en la comunicación porque existen innumerables familias militantes que no tienen cargos públicos en cantidades abundantes, y entonces la causa de las designaciones es porque se trata de una “familia militante que ganó las elecciones”. Y entonces, lo de familia militante no será el dato central.

Deberá tener cuidado Ana María porque estos tropiezos generan consecuencias de temer. La más importante es perder el crédito que otorga la novedad, la carta blanca de quien recién llega y reclama un tiempo prudencial para mostrar lo suyo y luego ser evaluado. Y encima, devorarse ese crédito tan temprano es no sólo un innecesario adelanto de los tiempos, sino quedar enseguida a la defensiva y atajando penales.

¿Con qué gesto ahora operará el ingreso y salida del personal municipal luego de semejante confesión?, ¿qué les dirá a los que se desilusionaron con la novedad de la incorporación de la familia militante?

Como están las cosas, para el paladar oficial hay mejor gusto de boca con Orrego, llegado a intendente de Santa Lucía por la vía de la oposición, que con Ana María, que lo hizo en Rivadavia con la boleta oficial. Si lo que busca la intendenta es mostrar independencia, esa es una muy buena noticia. Sobrevuela por allí la parábola de Mauricio Ibarra, un intendente G que se dejó llevar por esos estímulos y soltó amarras. Pero terminó haciendo todo tipo de ademán para ser readmitido luego de un par de derrotas electorales resonantes y de la caída en desgracia del espacio en que recaló, sin suerte hasta ahora.

Lo que sí, no parecen tiempos para tropiezos como las designaciones familiares que rifan el colchón de capital político que significó un triunfo categórico en las urnas. Menos aún si la estrategia es pelearla sola. Porque si bien los grupos de pertenencia como los grandes partidos o liderazgos tienen contraindicaciones pesadas, cuando no están se los suele extrañar. Pertenecer tiene sus privilegios, dice la publicidad. Entre ellos, tener a alguien a quien llorarle.


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