Me asalta una duda ¿Se puede avanzar? - Por Sebastián Saharrea

viernes, 04 de noviembre de 2011 · 20:07

Al menos tres o cuatro veces estuvo en estos últimos años la inseguridad a punto de hacer estallar el humor popular. Ocurre cada vez que salta un episodio resonante, o que le toca sufrirlo a algún comunicador estelar, como le ocurrió a Susana Giménez aquella vez que mataron a un colaborador suyo y justo tuvo que pronunciar en San Juan –recién llegada para la Fiesta del Sol- aquella desafortunada sentencia: el que mata, debe morir.

Por citar un par de ocasiones, uno puede acordarse de aquella vez que un agenciero de quiniela en su propio local disparó a quemarropa contra un delincuente que lo asaltaba y lo mató en plena Avenida Central, o la vez que en dos hechos distintos y con una semana de diferencia balearon y mataron a dos comerciantes en Rawson hace más de tres años.

 Aquella vez y otras tantas veces atronó la furia ciudadana. Con buena parte de razón: la de sentirse vulnerada cada vez que se produce un golpe armado, un robo violento, una violación, un crimen. Y con espacio para pensar que no da en la tecla: reclama medidas urgentes, que generalmente bajan de los tanques de pensamiento armamentistas de mano dura, bajando línea sobre recetas mágicas para contener delincuentes. Como si cada vez que algún funcionario toma una medida con gesto recio, el sindicato de malhechores decidiera retirarse con la cola entre las piernas.

No hace falta remontarse mucho para encontrar momentos parecidos a este, en que la inseguridad produce una sensación asoladora: que se puede contra casi todo, menos con eso. A mediados de 2008, Dante Marinero debía dar explicaciones como consecuencia de un inusual raid de delitos impactantes, y lo hacía a su manera, hablando muy por encima. “Hemos avanzado lo suficiente como para poner a la policía en estado operativo, aún sin satisfacer las metas”, decía el funcionario a Diario de Cuyo. O: “No podemos tener a un policía cama adentro en cada casa o en cada comercio”. O: “Que hay que mejorar, es cierto”. O: “Si pienso en irme? No, y menos en estas circuntancias. Es muy fácil alejarse en situaciones críticas, y no estoy acostumbrado a eso. Es probable que me vaya, pero no en una situación de crisis”.

No habló más Marinero. Y la situación de crisis en materia de seguridad no se frenó lo suficiente, y es probable que el Secretario de Seguridad no se haya ido por eso, de acuerdo con sus palabras. En realidad, una crisis sucedió a la otra, un delito al otro, y así hasta el infinito como seguramente seguirá sucediendo.

Y si uno se remonta un poco más atrás, también notará que la inseguridad era hace años un asunto prioritario para la opinión pública, con disparadores de hechos conmovedores, o con sensaciones comprobables. Se podrá ir hasta los años de Blumberg y su desgracia que acuñó una catarata de medidas para mejorar la seguridad, todas nacidas desde su usina intelectual y refrendadas por el Congreso. Ninguna de ellas logró dismuír la inseguridad, más bien estimularla: desde esa época se considera, por caso, que robar con un arma de juguete no encuadra en el delito de robo.

O se podrá ir hasta los años 90, cuando la inseguridad luchaba por el protagonismo contra otros problemas bien gordos, como el desempleo y la pobreza, y aún así conseguía hacerse notar. Quien suscribe recuerda una charla con un ministro de Gobierno de Jorge Escobar empecinado en contar que la inseguridad no era un tema prioritario, para justificar su pedido de no se publicaran los casos. Una encuesta inmediata le sacó la duda: estaba primera.

Vale la recorrida histórica para responder a cierta desmemoria sobre la perdurabilidad del fenómeno, y a su aparición repentina cada vez que la desgracia toca la puerta, corran los tiempos que corran. Los de aquel funcionario noventista, los de Marinero hace tres años con promesa de renuncia cuando se aplaque la crisis –es decir nunca- y los del Marinero actual, a caballo de una sensación extraña: la inseguridad es el único de los males que no ha bajado como sí lo hicieron otros padecimientos de tipo económico, que no desaparecieron pero se atenuaron y dejaron a la inseguridad a la intemperie.

Vale la pregunta: ¿cuáles son los casos de inseguridad que tanto espantan hoy en San Juan? En realidad, no ha habido –a tocar madera- recientes asaltos seguidos de muerte (¿El caso González fue un asalto que terminó mal o un apriete por una deuda impaga?). Lo que aturde son las montañas de delitos menores, arrebatos, y otras clases de ultrajes similares que la gente ya casi ni denuncia.

Para evitar el palabrerío inútil, conviene convencerse de que no se trata con tolerancias ceros ni maltratos. La inseguridad es hija de otros padres, tan desgraciados como ella: la droga, el paco, la marginalidad, la falta de educación, la discriminación, la familia destrozada. Porque si no, se corre el riego de seguir en el espiral de propuestas huecas y fallidas de antemano. Una estafa cantada.

Este cuadro invita a pensar: ¿se puede hacer algo para frenar la inseguridad?. Evidentemente sí, pero con el cuidado de comprender que un abordaje de fondo al problema demanda años ininterrumpidos de mejorar en aquello que alienta al delito, que lo contiene y que lo engorda.
Por ejemplo, se puede insistir con las soluciones tecnológicas como las cámaras callejeras y entregarles facultades en los juicios. O capacitar a la policía para que cumpla con su trabajo tratando de evitar la mensajería instantánea en sus celulares mientras vigila las calles. O producir algún revulsivo en la justicia para que las causas no duerman durante años y se conviertan en pronunciamiento de injusticia. O mejorar el ascenso de los jueces. O mejorar la promoción de los oficiales policiales. O no tolerar los kioskos en las fuerzas de seguridad que apañan aquellos escondites de droga y marginalidad. O promover presencia policial en las calles, pero efectiva. O, como dicen muchos policías por lo bajo, facilitarles los medios.

Y los funcionarios, bueno, es lógico que habrá que contar con buenos funcionarios. Ahora se viene un reacomodamiento de nombres que tal vez sea el más pretencioso de la última década. Que supone la salida de dos de los responsables máximos como Marinero y Fernández, ambos de larga trayectoria y sin haber conseguido siquiera empatar el partido contra la inseguridad.

Le queda al gobierno el desafío de encontrar buenos reemplazos, que al menos funcionen como contención en los casos más impactantes. Que se muestren activos, preocupados y capacitados ante cada hecho que, desgraciadamente, seguirá sucediendo.