opinión

Delicias de la transición

Chicanas, aprietes, bajezas, torpeza, inoportunismo. Es amplio el diccionario de travesuras cometidas al amparo de ese período muerto en el que no gobierna nadie, y al que piadosamente se ha bautizado como transición a falta de un término más adecuado y doloroso.
viernes, 18 de noviembre de 2011 · 19:18

Por Sebastian Saharrea
ssaharrea@tiempodesanjuan.com

Es ese tiempo en que el que sale ya se fue y el que entra aún no llegó. Días o meses vacíos de liderazgo, de contenido y de ganas, entre la apatía del derrotado en las urnas y el visteo lejano del ganador. Y que alguien debería acortar por piedad con el sistema. Se recuerdan tramos especialmente largos e igualmente desgastantes, como aquel de 1999 cuando Escobar había adelantado las elecciones para abril y se encontró con la sorpresa de caer derrotado más el condimento adicional de tener que mantener el pulso hasta diciembre, cuando se produjo el recambio por Avelín. Todo ese tiempo, la atención había mutado desde el poder oficial (el gobierno) al poder real (su sucesor): 8 meses en que las acciones del gobierno no le interesaron a nadie, y las de su sucesor no tenían afecto. Y así  nos fue.

A menos que alguien se decida acortar un poco más esa letanía, el espacio de tiempo en que ocurren hoy estas cosas es de un mes y medio, desde el 23 de octubre al 10 de diciembre. Y lo padecen los destinos donde el cambio es en serio: con alguien que se va y con alguien que llega con otras ideas, gente, mobiliario nuevo: Rivadavia, Rawson, Santa Lucía, Zonda y Angaco.

Las primeras víctimas de esas transiciones desprolijas fueron las fiestas. Promovidas por los departamentos como fechas del calendario necesarias para aportar una cuota de distracción a la gente, pero que en realidad no parecen  ser todo lo indispensable que se declama a la luz de lo que ocurrió: Rivadavia, Rawson y Santa Lucía anularon o estuvieron a punto de hacerlo, sus respectivas fiestas departamentales por obra y gracia del recambio de funcionarios. ¿Por qué cargar en la cuenta del ciudadano una factura con la que no tiene nada que ver, y ni siquiera le importa?

Debutó Rivadavia con esta historia, un episodio un tanto curioso porque el recambio se produjo en la primaria de agosto, cuando el intendente Elías Álvarez dejó en manos de Ana María López –finalmente electa intendenta- la condición de candidato oficialista. Que no eran demasiado cercanos en su manera de pensar pese a encuadrar en el mimo espacio político quedó claro no sólo en aquella campaña sino en lo que ocurrió después: la gestión Álvarez debió dejar espacio a lo que será una gestión nueva, con todo cambiado.

Entre eso, la Fiesta de las Dos Puntas, un evento que con mucho esfuerzo había conseguido instalar el municipio de Rivadavia. Son de las citas que crecen a fuerza de continuidad: a la primera le cuesta, la segunda ya prende un poco más, y así. Y justo cuando ésta empezaba a justificar tanto gasto y tanto esfuerzo, cae como baja de combate en el fragor de la caja chica de la política. Y adiós Fiesta de las Dos Puntas, sin reemplazante a la vista.

Luego vino Rawson, que en los últimos años ha conseguido convertir a la FARA –la feria agrícola que convoca anualmente al campesinado de las zonas rurales del departamento- en una cita ineludible. Pero resulta que al verse consumada su derrota, el intendente Gustavo Rojas decidió suprimir el evento del calendario de este año, bajo argumento de que no sabía qué es lo que quería hacer el jefe comunal electo, Juan Carlos Gioja. ¿No existían para eso los teléfonos, o es que existen grietas políticas tan difíciles de rellenar? Finalmente, Gioja dijo que durante su gestión se realizará la FARA y entonces quedó esta edición como pendiente y por las dudas.

Y llegó también el episodio de Santa Lucía, con su fiesta departamental prevista para este año y un verdadero sainete a su alrededor. Es que el intendente saliente, Aníbal Fuentes, anticipó que la fiesta se hará y que dejaría todo listo para que su reemplazante electo, Marcelo Orrego, pudiera continuar con lo que es una sana costumbre de cortar a fin de año la avenida Yrigoyen para escuchar música y juntar a la familia.

Hasta acá, medalla de oro para Fuentes. Peeeero….esta semana apareció Orrego y el diputado electo Javier Ruiz –diploma de honor para ambos, provenientes de partidos distintos- tirando de la manga del ministro de Turismo Dante Elizondo y pidiendo $300.000 para hacer la fiesta. ¿Cómo?, ¿no era que estaba todo listo? ¿Y si ganaba Fuentes las elecciones, hubiera tenido que ir a pedir fondos a Turismo como debió hacerlo Orrego-Ruiz?

Si bien las fiestas fueron las desprolijidades más evidentes de esta transición en los departamentos porque cuesta entender que estos eventos sean colocados como prenda de negociación política, no fueron las únicas. Allí están para atestiguarlo los presupuestos municipales, verdadera declaración de intención política para quien gestiona porque implica ni más ni menos que decidir dónde serán imputados los recursos.

No hubo hasta ahora un solo caso en los departamentos donde se producen recambios políticos de alguna apertura racional. Es obvio que el presupuesto 2012 condiciona al que llega porque será el nuevo intendente a quien le toque gestionarlo, y es obvio entonces que pretenda tener voz y voto en su confección.

Pero no se pudo ver aún ningún gesto de madurez desde los salientes a los entrantes y viceversa, como sería convivir con armonía diseñando un presupuesto en los tiempos que corresponde –ahora- pero con participación de los entrantes. La razón es sencilla: por lo general, este tiempo de las transiciones fue aprovechado -¿podrá decirse aprovechado?- para otros menesteres de bajos instintos.

Por ejemplo, la increíble determinación en varios departamentos de dejar testimonio de su paso incorporando a la planta permanente a los contratados municipales, una especie de pago en retribución vaya a saber por qué fidelidades durante la gestión. Compromisos asumidos en tiempos de campaña y que luego hay que pagar. Y que lo termina pagando la alcancía municipal.

En el caso de Rawson, se habla de unos 1.000 casos que el intendente Rojas pretende incorporar a la grilla oficial. ¿Alguien escuchó argumentar que lo hace para mejor algún servicio municipal?. ¿Y si no lo hace por eso, por qué otra cosa podrá hacerlo? Y mientras el intendente en ejercicio estudia la manera para blanquear a esa tropa, el electo anuncia que los contratados que pasen a planta permanente de este modo en estos días saldrán por la misma puerta por la que llegaron. Lo que se impone es preguntarse si una vez que entraron los  nuevos empleados habrá camino legal para despedirlos a los pocos días, y si eso no estaría configurando un despido a indemnizar, además de una locura.

Mismo dilema ocurrió en Zonda, donde Quico Porras no puedo dejar a Teresita –su mujer- pero quiso dejar a un pelotón de contratados. Por ahora hubo acuerdo con su sucesor César Monla para abstenerse, mientras el concejo oficialista no alcanzó número para consumar la salvajada.

Y lo que se van, se irán pensando haber cumplido con el punteraje que tuvo como mano de obra política. Y los que se quedan, se quedarán atajando esos penales. Una película que ya se vio.


Comentarios