¿Unirse? Mal negocio - Por Sebastian Saharrea

Por paliza, la consigna más pronunciada en cuanta encuesta se proponga preguntarle a la gente que le pediría a los políticos, será: que se unan.
domingo, 16 de octubre de 2011 · 18:01
Es que la unión es un valor. Que figura en panfletos, instituciones y escudos más como una pretensión que como una realidad. Que se sueña y se tiene presente como un horizonte, aunque muy pocas veces uno pueda convivir con ella. En EE.UU, “la unión” es el conjunto de los 50 estados parte que dan nombre al país, y por eso todos los eneros el presidente pronuncia el “discurso de la unión”, una especie de mensaje federal para los ciudadanos de todas partes con contenido orientado a porqué es útil que sigan juntos. Pero también está la unión virtuosa entre países, como la Unión Europea, o la Unasur –unión de países sudamericanos-, o hasta las Naciones Unidas (ONU). Y luego aparece el pelotón de acepciones que definen la intención de la gente de juntarse. Como la de todos esos gremios de trabajadores que anteponen a su sigla la letra U de unión. O como los enamorados que apuntan a la unión matrimonial, la unión civil o sencillamente la unión. O la unión de clubes que terminan llamándose Unión. O la unión de empresas que terminan siendo UTE. O sencillamente el refrán que señala de manera inapelable una virtud: la unión hace la fuerza.

 Linda palabra, la unión. Y entonces la gente la enarbola hacia todas las direcciones, entregándole alas que quizá no tenga. Y pide que ante un agente extraño, una amenaza externa, una hecatombe global, o simplemente una derrota ante el rival más enconado, nada mejor que la unión.

Lo más curioso de todo esto es por qué el ciudadano decide imponer a la unión como valor reclamado a la dirigencia política. Especialmente, cuando no se trata de sostener juntos una espada para resistir a ningún invasor, sino se trata de confrontar ideas, historias, percepciones sobre el país, la provincia o el municipio que uno pretende. ¿Cómo van a unirse, entonces, republicanos y demócratas, populares y socialistas, tories y laboristas, cuando el secreto de que la cosa funcione pasa justamente por lo opuesto, es decir por el debate y la confrontación?
Bueno, parece que el pedido de unión no pasa de una frase hecha con moño y celofán, y que la realidad pasa a varios kilómetros de allí. Por lo pronto, a los que apostaron en este turno electoral a acatar la clamorosa súplica de unión no les ha ido nada bien. Ni en San Juan, ni en el país. Y el motivo es contundente: la unión como valor no se permite elegir a riesgo de discriminar, pero la política que pretende sumar debe hacerlo en base a una línea de pensamiento que le de sustento. Si fuera sumar así nomás, el ingreso de todos en el mismo barco no hace más que desnaturalizar una puja electoral que requiere de eso, de la puja.

Francisco De Narváez y Ricardo Alfonsín decidieron unirse de manera transitoria para las primarias de agosto, y ese matrimonio ya acaba de entrar a Tribunales para reclamar el divorcio. Duró poco, lo que dura el envión de un estado de ánimo del momento. Les dijeron que se junten y ellos se juntaron. Pero después, los castigaron y sufrieron. Pusieron cara de: cómo?, si fueron ustedes los que nos pidieron que nos juntemos. Y ellos pusieron cara de buenos actores para los cortos publicitarios en los que se declaran amor eterno.

El hijo del ex presidente todavía no consigue recuperarse del chirlo y el empresario decidió orientar la vela hacia otra unión, tan transitoria como la anterior con Alfonsín, pero más natural: con el Alberto.

Atrás quedó el reclamo veraniego de opinadores y multitudes subidos a bordo del bimotor de la unión y el consenso. Impuesto a la fuerza a la dirigencia opositora como recetario indestructible para doblegar al kirchnerismo y que ésta terminó por comprar barato y pagando por el desatino.

Fueron tiempos en que cada usina de pensamiento de esas que pasan el día confrontando con el gobierno pudo exportar la sentencia de que unidos sería mejor. Sin que hubieran explicado de dónde sacaron eso de que juntar uno de acá, otro de allá y alguno más de debajo de la tierra sería suficiente. Tal vez haya sido el antecedente de la Alianza, donde un conglomerado de partidos más homogéneo que el de ahora como el Frepaso y la UCR tumbó a uno que todos querían tumbar aunque fuese votando a Clemente. O tal vez haya sido bronca nomás.

La cuestión es que la unión se convirtió en proverbio para el mapa opositor. Sin que nadie se atreviera a ponerlo en cuestión, excepto uno: Hermes Binner, el gobernador santafesino y candidato presidencial por el socialismo se plantó ante el coqueteo de Alfonsín con De Narváez argumentando la lógica expresión de que hay poco que, justamente, lo una con don Alika-Alikate. Enojado, armó rancho aparte desde la nada. Y el próximo domingo será el candidato opositor que más votos sacará, probablemente duplicando las voluntades del hijo de don Raúl.

También tuvo la parábola de la unión su capítulo sanjuanino, con suerte idéntica. Después de largos conciliábulos y de extensas veladas nocturnas en las que cada partido juraba medir de a dos dígitos, consiguieron los opositores locales armar una fórmula en común que sobre la campana sufrió la baja de Mauricio Ibarra hacia las cercanías de Roberto Basualdo.

Se encolumnaron bajo la candidatura a gobernador de Rodolfo Colombo y confluyeron los radicales orgánicos, los bloquistas disidentes o el Grupo 1852 con más bloquistas disidentes en sus filas y línea directa con lo más duro del armado opositor nacional. Todos llegaron asegurando un aporte sustancioso a la causa, pero el resultado fue bastante más magro de lo imaginado. Al punto de que cualquiera de ellos hubiera podido sacar sólo el 6,5% que obtuvieron todos juntos.

 Quedó flotando allí al medio la pregunta: ¿pero cómo, no era que todos juntos es mejor? De última,  la unión más virtuosa se trata más de un scrum que de una montonera.

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