recuerdo

Hugo Asch homenajea a Miguel Castellini: "un perro verde" en el boxeo

El periodista describe la personalidad del gran campeón que falleció hoy con una anécdota imperdible.
miércoles, 28 de octubre de 2020 · 23:46

MIGUEL ANGEL CASTELLINI (1947-2020) - Por Hugo Asch

Esa noche del 13 de diciembre de 1974 le tocó a Lalo, porque ninguno de mis amigos del secundario les gustaba el boxeo, y solo aceptaban acompañarme de uno en uno. Peleaba Miguel Ángel Castellini contra un mexicano medio pelo llamado Manuel Fierro. Yo tenía dos pullman y le había prometido un seguro nocaut.

"Lalo, Castellini tiene un cañón en la derecha, la mete y lo duerme, vas a ver", le dije, como para animarlo.

La pelea empezó lenta. Y no siguió mejor. Alguien empezó a gritar: "¡La derecha Miguel, tirá la derecha Miguel!". Cinco rounds así, con el latiguillo taladrándonos. En el sexto, nos sumamos nosotros. "¡La derecha Miguel, sacá la derechaaaa...!". Pero la mortífera derecha seguía recogida, inmóvil, marcando el enorme bíceps.

En el rincón fueron enérgicos con Castellini. Él decía que sí, o tal vez movía la cabeza solo porque le arrimaban sales a la nariz, o le tiraban de las orejas para despabilarlo, o lo sacudían para desparramarle la vaselina.

Castellini salió al octavo y, en un segundo, decidió sacar la derecha. Fierro chocó contra las cuerdas, rebotó y quedó destartalado en el suelo. La historia de los anteriores siete rounds no había existido. Castellini era esa derecha letal.

Castellini fue mucho menos de lo que pudo haber sido como boxeador, porque las cosas se dan y a veces no, y sobre todo por su cabeza, por sus estados de ánimo, sus dudas, sus miedos internos. Lo tenía todo. Físicamente era imponente.

Logró el campeonato mundial de los welter juniors ganándole por puntos en el Palacio de los Deportes de Madrid a José Durán, un argentino naturalizado.

Y a los cinco meses, el 5 de marzo de 1977, la perdió (junto con la chance de pelear en Japón contra el Koichi Wajima por 100.000 dólares de la época, mucho dinero) contra Eddie Gazo, un sargento del Ejército del dictador Somoza que no era tan malo, pero que no tenía la menor chance ante un boxeador de la potencia física de Castellini.

En el pesaje, Gazo dejó su arma reglamentaria sobre una mesa. Sus compañeros las mostraban en lo alto, eufóricos. Afuera, sonaba alguno que otro disparo al aire. El clima no era el mejor. Miguel no podía creer lo que pasaba. Perdió por puntos.

Los 100.000 de Wajima y las bolsas de tres defensas más fueron para la cuenta del sargento Gazo. Tres años después, el 20 de setiembre de 1980, en el Luna, Castellini se tomó revancha y le ganó por nocaut, el único resultado lógico de Managua. "Lo único que le pedimos, señor, es que el suyo no lo lastime mucho a Eddie, nuestro muchacho", le rogaban a Lectoure antes de la primera pelea. Le tenían miedo a Miguel.

Hablé mucho con él para un reportaje de Gente, después de la derrota de Gazo. Me habló de la difícil relación con su padre, esas cien lucas que nunca ganó, el rostro de su padre en el rostro de Gazo, habló de amor, de su mujer, sus hijos, de su tendencia a la soledad, de la angustia porque sí; y de música también, porque le gustaba mucho. Hablamos sobre grupos ingleses y americanos.

Quizá sólo el zurdo Lausse, Rafael Merentino, Martillo Roldan o Chino Maidana podrían compararse --entre los que recuerdo ahora-- con Castellini en algo que muy pocos en el boxeo tienen: el nocaut de una sola mano.

Miguel fue un perro verde en el ambiente del boxeo y por eso tuvo mil roces con colegas y periodistas mientras boxeó. Después se refugió en su gimnasio y puso toda su energía en hacerlo crecer, en mantenerlo. Y le fue bien.

Con el covid19, maldito sea, jamás pudo meter su derecha furibunda, como en aquella lejana noche contra el mexicano Fierro, siete rounds atado, hasta que su mano derecha desató el infierno.

Comentarios