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Mí Navidad - Por Osvaldo Benmuyal

viernes, 23 de diciembre de 2011 · 19:14

Por Osvaldo Benmuyal
Radio AM 1020
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¡Dios quiera que pasen pronto estas fiestas! Quién no dijo o pensó esto algún fin de año. Son frases propias de esos tiempos en los que poco bueno nos ocurrió. Calendarios marcados en rojo, por que se nos murió algún ser amado, o quedamos más solos que la una. Familias que dejan el lugar libre de la persona que no está, y en cada bocado llevan angustia y añoranzas. Navidades de recuerdos y silencios.

O esos amigos que aparecen un 23 a la noche y te dicen “¡veníte mañana a casa, no te vas a quedar solo!”  Y te invitan a compartir una comida con su familia, porque no tenés dónde ir. Te separaste justo en noviembre y no sabés qué hacer. Y ves que todos a tu alrededor brindan y abrazan a los suyos y a vos sólo te mantiene en pie la idea que todo pase rápido. Navidad que duele, no hay forma de disimularlo. Y podría encabezar con muchos ejemplos más de malas Navidades.

Lo cierto es que estas fechas trascienden las fronteras de lo estrictamente religioso. Digo esto porque, creas o no, en el bebé del pesebre, en la virginidad de su madre María, o en la santidad de su papá José,  la Navidad y el  Año Nuevo le ponen una lupa al balance de nuestra vida. Todo lo agranda, las cosas buenas y las malas. La felicidad es mayor cuando todo está más o menos en orden. Y las ausencias son más lacerantes mientras se oyen los brindis ajenos y nuestra copa está vacía.

Si bien es una fiesta ligada al carácter trascendente de la vida que da la religión, estoy seguro que es un momento que te saca sí o sí del trajín de lo cotidiano y todo lo pone en el plano de los cuestionamientos. Aunque no crea uno en nada.

¿Y mi Navidad?

De verdad que soy reticente a mezclar cuestiones personales con mis labores. No sé si está del todo bien hacerlo. Pero a modo de homenaje a mis seres amados, me animo y con ello, no hago otra cosa que poner mi alma en ésta página.
Mi navidad es feliz, porque el tiempo hizo el milagro de cambiar muchas cosas. El nudo en la garganta por la mesa sin mi madre, el llanto a escondidas por su ausencia cambió por la idea de saberla mejor. Ya no quiero retenerla, sé que me espera en un lugar de paz. Eso sólo se siente, no puede explicarse.

En algún momento de la noche, aparecerán sus ojos grandes y verdes mirando mi mesa…
Cómo no estar feliz con los 85 años de mi padre. El rey de los crucigramas y los arreglos express; que cuenta cuentos bolaceros y al que los políticos le causan gracia.

Los amigos. Esos que también alguna vez me dijeron “¡venite esta noche, no quiero que estés solo”!. A Juan Carlos y Alfredo, que tienen la radiografía de mi alma. A Sergio, que me abraza cuando extraña a su esposa que está en el cielo. El Willy, el de los consejos sin anestesia. A Marcelo que me enseña a ser mejor persona desde su inobjetable condición de hombre honesto e inteligente. Mis primitos Graciela y Robertito, con un corazón más grande que un elefante, y un humor que invita a estar horas escuchando historias de ex suegras y vecinos en curda.

 Y mis compañeros de tareas de todos los días, esa otra familia. Marita, Franco, Sonia, el Chochi, Analía, Ariel, Valeria y mi Jimena, a quienes conozco y me conocen demasiado.
Mis hijas. Milena, la del alma más dulce y el misterio de sus talentos. La que me abraza y me sana el corazón. Delfina, la flaca que arrasa con todo. La que moldea el ánimo con una mirada solamente y mantiene decisiones aunque cueste. Jazmín, la pequeña que me cuida y acompaña en todas. Una delicia para la charla y la buena comida. La que con su presencia me mostró la diferencia entre los amigos y los hipócritas.

Y mi amor, a Karina. Que me devolvió la esperanza de poner más cubiertos en mi mesa, la que tiene mi corazón y lo cuida. La que desde el principio me dijo quien es, sin rodeos ni dobleces. A quien esperé siempre y amo con mi alma, y trae consigo a Sol, que es también parte de mis sueños.

Cómo no agradecer tantas bendiciones en ésta Navidad.
Perdón por el exceso de contar lo mío. No busco otra cosa que crear la necesidad en quien lee de mirar a su alrededor. A veces somos más felices de lo que creemos. No sabemos lo bueno que es poder reunirnos y hacer de cualquier noche una Nochebuena. Antes de los brindis, ensayaré una oración, para agradecer a mi buen Dios las lecciones pasadas. Los llantos y tristezas de otras navidades y de otros tiempos. Es bueno sacar una lección de los errores propios, y es mejor aún aprender a no ser como los que te dañaron feo y te miran con cara de santo.

Navidad, mí navidad. Hacía tiempo que no compraba un pan dulce para compartir.
Buena noche para nacer de nuevo. Es ésta noche…
Un abrazo cálido, fuerte y largo a todos los lectores.


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