buenos modales

El elogio del buen trato

viernes, 18 de noviembre de 2011 · 18:32

¡Buen día mi amor!
¿Cómo dormiste hija?
¡Hola vecino, qué se cuenta!
¿Desea que le ayude en algo?
¡Permítame, pase usted por favor!
Adelante, primero las damas y después los caballeros.

¿Recuerda cuando nos tratábamos bien? Qué bonita época, y que bueno es encontrar a personas que aún hoy guardan ciertas formas. Hoy quería escribir de algo que para muchos no es trascendente, no es un tema de los que queman ya, pero van calentando de a poco. Sucede que me cansé de que nos tratemos mal. Todo suele ser tan ordinario, tan vulgar, tan insensible y tan inhumano que al verme uno más del mecanismo, siento la necesidad de parar un poco.

¿Recuerda aquellos manuales viejos de nuestra escuela primaria? Los heredábamos de nuestros hermanos mayores o de los primos. Era el mismo para todas las materias. No te pedían un arsenal de literatura como ahora. El Manual Peuser, sección Moral y Civismo.

Ilustraciones, nada de fotos ni demasiados colores. Recuerdo que allí aparecían conceptos, enseñanzas y pautas de comportamiento que hasta el día de hoy sirven para ser aplicadas. Posturas en la mesa, como responder a la pregunta de una persona mayor, respeto por la autoridad paterna, solidaridad entre hermanos y familiares, ser solícitos con los ancianos, compasivo con los minusválidos, respetuosos con las damas y serviciales sin retaceos. Obvio que eran otros tiempos, con menos influencias en lo gráfico y audiovisual. Eramos una comunidad más simple, por ser menor en cantidad y  más controlada.

Pero el paso de los calendarios no quiere decir necesariamente que deba cambiar la manera de mirarnos como seres humanos. El trato común, lo cotidiano, el día a  día se volvió áspero, dañino, a veces burlesco y siempre distante. No propongo andar a los abrazos, pero tampoco como llevamos la vida ahora. A insultos y distancias.

¿Por qué me detengo en escribir sobre el asunto? Será por la desagradable experiencia que significa ser parte de una sociedad que perdió esa arista tan necesaria y vital, la del respeto. El punto de partida para que toda relación humana sea al menos decorosa.

No dejo de preguntarme si ser un tipo cortés, es sinónimo de ser antiguo. Si tratar cordialmente a una dama (abrir la puerta del auto, acercarle la silla, cuidarla, protegerla) es visto como algo ridículo. O si es mucho pedir, que una señora, no pierda la femineidad en una cancha de hockey. O pretender que entre adolescentes se llamen al menos por el nombre y no que todos sean “cul…”.
Pero no se trata solo de una cuestión verbal o dialéctica.
Tratarnos mal es también mostrar intolerancia.
La semana pasada ocurrió un episodio sumamente desagradable en un lugar de comidas. Un trato irrespetuoso, despectivo y denigrante de un cliente para con el mozo que lo atendía. Una familia entera, con tres hijos. Un adolescente y dos más chicos, el padre y la madre. El matrimonio encarnizado con el pobre hombre. No sé cuál era el motivo, pero nada podía justificar semejante comportamiento. Los niños se reían del mozo cuando los padres lo insultaban. Y el empleado, no pudo responder nada, seguramente su trabajo pendía de ése delgado hilo de paciencia y aguante. De vergüenza e impotencia. No podíamos creer lo que veíamos. El ejemplo de esos padres, les pudrió el cerebro a sus tres niños para todo el viaje.
Es de cajón. Ese comportamiento te marca a fuego como el Peuser, pero al revés.
Esa situación, sumada a todo con lo que lidiamos a diario. 

El comportamiento de los chicos que gritan y se atontan. Niñas con su boca de fuego (como decía la Chela), colectivos repletos con adolescentes sentados y viejos de pié, bamboleándose al compás de las frenadas, los insultos de auto a auto, el padre que castiga a su hijo porque jugó mal y perdió un partido y el invariable brutal insulto al árbitro en cualquier categoría. Siempre la liga la pobre madre del árbitro, siempre.

La avivada en la cola del supermercado. El maltrato del chofer a su pasajero. La cara de naipe del empleado de oficina pública que al atenderte cree que te está haciendo un favor, y adquiere una repudiable actitud de insolvencia en la gestión y nadie lo pone en su sitio.

Padres que agraden a los maestros porque  aplazó o  castigó a su hijo malcriado. Maestros que son ordinarios y no saben que su ejemplo es un espejo. Periodistas que humillan con su altanería y vulgaridad, médicos que mienten cuando no saben diagnosticar e insultan a los viejos cuando preguntan de más. Abogados que se venden por cuatro mangos, psicólogas que te seducen, amigos que traicionan.

Sucede que la ignorancia es más rápida que la inteligencia. Y la creencia que todos somos iguales te convierte aunque no lo quieras, en uno más. Remiseros que creen que todos somos ladrones, policías que creen que todos somos ladrones, guardias de seguridad de los súper, que creen que todos somos ladrones. En todas partes te hacen sentir un ladrón. Porque hay ladrones, pero no son todos ladrones.

Hay maleducados, ordinarios, vulgares, proxenetas, estafadores, y cuanta cosa más quiera pero no todos lo son.

¿Y si apostamos a la esperanza, que prospera aún en las circunstancias más inadecuadas?
Por eso pienso que no es un tema menor.

En países como Colombia, se ha convertido en una cuestión de estado el buen trato entre su gente. Allí existe la Secretaria de Integración Social (SIS).

Creo que San Juan haría punta si decide crear un ente que trabaje en estos aspectos, que tenga autoridad para actuar en lugares como escuelas, uniones vecinales, villas erradicadas,  asentamientos, en plazas y todo lugar donde haga falta. Y que cuente con el apoyo de una fuerza de orden. Con  iniciativas que se dirijan a incentivar el buen trato en las personas.
Un lugar que reciba esas denuncias que uno nunca sabe donde hacerlas. Obvio que hay que legislarlo. Es cuestión de poner a trabajar los cerebros de los diputados entrantes.

Pero no hay ley que sirva si no empezamos por tomar una decisión íntima. Muy nuestra. Comencemos por tratar bien a la familia, valorarla. Abrazar a los hijos, respetar a la compañera. Besar nuestros viejos, disfrutar de su presencia y no renegar de ella.
Hagamos un trato por el buen trato. Verá como mejora la vida.

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