¡Qué dificil!

Como papá se me vino la noche

viernes, 28 de octubre de 2011 · 20:28
Soy padre de tres hijas. Hermosas y buenas hijas que me dan cada día un nuevo motivo para no olvidar que soy papá. Su presencia en mi vida es oxígeno en estado puro. Ellas están sobre el nivel de las cosas comunes del diario trajín. No son “algo más”. Las traje al mundo y decidí que no se van a criar solas, vale decir, que me siento responsable de su formación.

Esto, además de ser una pública declaración de amor paterno, es un postulado que he querido apuntar al principio del escrito, para que no quepan dudas de que lo que viene en este artículo no tiene basamento científico, sino que parte de la verdadera esencia de todo lo bueno que hacemos en la vida. El amor. En este caso, mi amor de papá por ellas.

Entrados en la adolescencia, nuestros hijos se las ingenian para mostrarte que empiezan a irse, que ya no son bebés y que se sienten independientes. Un día te dicen papi, tengo una juntada, hoy salimos con los chicos, el sábado tengo un 15,  a las 5 vienen mis compañeros a hacer un trabajo, me junto en el Alvear a comer…Se sociabilizan.

La etapa que viene luego, es la que se torna peligrosa. Muchos de sus pares, ya gozan de ciertos permisos de salidas, que yo no comparto. Entonces te dicen: “papá…todos salen a boliches menos yo”, o…”el papá de Romy es recanchero, la deja salir a todas partes”. Es ese, justo, el instante en que me imagino tomando del cuello al papito de Romy. Te quedas  solo, en un entorno en el que no parece importarle mucho que los chicos de 15 o 17 años, anden a la deriva hasta las 6 de la mañana. 

Es mucho más divertido estar con los amigos, que con los miembros de la familia. A todos nos ha pasado. Quién no recuerda esas gloriosas siestas de verano tirados a la sombra de las moras, escapando de casa mientras los otros dormían. Pero esa etapa es clave. Momento de mostrar claramente que nuestros hijos no se mandan solos. Es ahí el tiempo de tener la misma autoridad que ejercemos cuando son niños, y les enseñamos que no deben meter los dedos en el enchufe. Creo que el origen de los problemas que sufren los adolescentes toma cuerpo allí.
Los padres nos rendimos ante la presión de los chicos. Es más cómodo, más piola hacerse el amigo de nuestros hijos…y no funciona así el engranaje. Hay que saber decir NO, aunque se enojen, te digan de todo entre dientes, tengan cara de embole durante días o quieran estar en su dormitorio y se sientan los mas incomprendidos.

Estoy en medio de esa tormenta. El Osvaldo Benmuyal que habla en la radio a sus oyentes sobre las cosas que les ocurren a los chicos en las madrugadas, los accidentes, el alcohol y las borracheras, la irresponsabilidad de los padres que ni se inmutan si encuentran un porro en la campera de su hijo, que no saben a qué hora llega, o si está durmiendo en casa. Ese mismo tipo que se sienta frente al micrófono cada mañana y describe éstos hechos, debe tomar también la decisión de decir sí o no. Les juro que no es fácil. Más de una vez imagino a la gente diciendo “mirá a éste: tanto que habla por la radio, lo que hizo su hija”. No me preocupa lo que digan los malaleches que disfrutan las desgracias ajenas. Si me pesaría y mucho que algo le sucediera a alguna de ellas por situaciones que se pueden evitar sólo con una decisión oportuna. Es importante mantener uniformidad de criterios entre los padres. Sin dudas éste es el punto de partida más inteligente para no crear situaciones de incertidumbre en el ejercicio de la autoridad frente a los chicos. Es muy difícil decir NO. Mejor dicho, a veces lo complicado, es saber cuándo decir SI.

El problema esta no sólo en casa, sino también en la falta de opciones.

Quieren salir. Hacer cosas, conocer gente de su edad. Todo está armado bajo la óptica del consumo. Lo que tengan que hacer, será de noche, en lugares cerrados, casi siempre en ambientes muy enrarecidos, luces, música a elevado volumen. Pero si bien hay escasez de actividades para que ellos se diviertan fuera de casa, somos enteramente responsables como papás de no crearles el hábito de ser noctámbulos y también de que crean que lo único divertido sucede por la noche.

Sienten que probar alcohol y hacerse adicto a él es ser más vivo.  Los chicos compiten por ver quién es el más trasgresor, y eso es un síntoma claro de que ahí faltan los padres. A veces basta sólo con mirarnos cómo somos los adultos, para comprender que los chicos son nuestro reflejo. En lo bueno y en lo malo. 

No puedo entender por qué los papás no reaccionamos. Por qué no hemos creado otros espacios para el crecimiento de los chicos? Por qué todos tienen que ser hijos de la noche?. 
Hemos olvidado y dejado de lado todo lo otro que pueden hacer en sus 17 años.
A esa edad, los chicos aprenden todo. Me he dado cuenta observando las mías.
Cantan, recitan, pintan, bailan, ejecutan instrumentos, se emocionan, leen, ven películas, son genios en la computadora, corren, trepan, nadan, hacen manualidades, andan en bicicleta, se divierten haciendo deportes. Hacen bien lo que encaran.

Nada de eso se incentiva. Solo algunos intentos aislados que no pueden ni por asomo competir con el negocio de la noche.

Días pasados me causaba gracia el proyecto de ley presentado por un diputado sanjuanino, en el que postula crear locales bailables para chicos de hasta 17 años, que no pueden entrar a los boliches comunes por ser menores. Obvio que aclara el legislador que allí no se venderá alcohol y tendrán horarios especiales. Pero, es más de lo mismo. La misma torta solo que sin chocolate. El mismo ambiente, hecho a la tarde.

Buena estrategia resultan las salidas con nuestros hijos a lugares como alguna velada de teatro o concierto. A veces rechazan algo que ni siquiera conocen. Incentivar esas expresiones artísticas cuanto antes, desde pequeños allana los caminos posteriores.
Cuesta tanto ser papá. Ojalá me las entregaran con un prospecto explicativo. Pero no es así. Solo hay que ser consciente que nadie conoce más a su hijo que sus padres. Al menos así debiera ser. No quiero resignarme a que a uno de los míos se los trague el sistema. Y yo, en total pasividad.

El negocio es de unos pocos, y el perjuicio es de todos. No digo que nunca salgan a bailar. Pero hay un tiempo para todo. Y los papás sabremos cuando. Si usted piensa luego de leerme “pobres las hijas del Pájaro”, no crea que no son felices. Hago lo posible para que conozcan la existencia de todo, no las tengo dentro de un frasco. Quizás hablando mas con ellas, compartiendo mis tiempos, acompañando su vida hasta que tomen vuelo, pueda verlas el día de mañana convertidas en mujeres de bien. Y ruego no tener que arrepentirme de no haber hecho lo posible para ello.

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