estímulo musical

Prohibido morirse sin ver la Traviata - Por Osvaldo Benmuyal

Es cuestión de abrir la mente, abrir el corazón. Y abrir la puerta a escenarios de éste nivel.
sábado, 22 de octubre de 2011 · 10:11

Verdi, desde su más clara intención de producir una revolución de sentimientos, escribió La Traviata (la extraviada). La historia de una mujer (Violetta) que gustaba de la festichola, del lujo y de los mundanos placeres, hasta que se enamora.

Aunque ella no pueda creerlo y en un primer momento reniegue, se entrega a ese amor hasta morir. Con alternativas valiosas como lo es la decisiva intervención del padre del novio (Alfredo), que los separa y aleja a fuerza de mentiras cuando su amor estaba en plena floración.  Una historia fascinante, que se puso en escena en San Juan, bajo la dirección general de Ricardo Elizondo.

No es un comentario sobre la ópera en sí misma. Lo que intento en un primer momento es explicar lo que pensé mientras salía del auditorio Juan Victoria el sábado pasado. Mi sentimiento fue más o menos éste: nadie debe morirse sin haber visto una ópera alguna vez.
Desde allí, comencé a desandar esa idea nunca resuelta.  Eso de vivir preguntándome qué busco al elegir mi música.

¿Para que existe la música? Ese es el interrogante.

Escuchamos lo que nos genera algún sentimiento. El auditorio estaba lleno. A excepción de tres o cuatro inoportunos portadores de celulares que sonaron, y el aire acondicionado muy frío, lo demás estuvo a la altura del espectáculo. Pleno silencio, emoción y ovación. Permanecí sentado luego del final para observar a la gente que se retiraba y ahí surgió la inquietud de explicar lo que es difícil entender cuando no se siente.

Para hacerlo corto y absolutamente sincero, (aunque suene ridículo), lo que me surgió fue pensar en un camión de esos que manda la presidenta, que ofrezca Opera para todos.  No estaría mal.

Todo lo otro, en materia musical, es absolutamente accesible. Se escucha a raudales y se consume de mil formas. ¿Qué tiene de loco pensar que iríamos a ver ópera masivamente, si existiera la posibilidad? Haríamos cola, como para comprar el pescado del otro camión. Yo se los aseguro.

Quizás no al principio, pero de a poco (para todo lo bueno hay que poner semilla), la gente se iría enterando que la verdadera música es aquella que genera sentimientos, de esos que llevan a repensar las cosas de la vida. Como lo hace un buen libro, o una buena película. Como lo hace el arte en definitiva.

El valor de la música es un misterio. Un misterio que no se puede develar fácilmente. El hecho que existan diferentes patrones del gusto musical, y las innumerables ideas que desde siempre se han impuesto sobre el concepto de la belleza, hacen imposible definir qué es la buena música.

El estímulo

Hagamos la composición de lugar. Ofrezcamos asistir a una Ópera a un grupo de cualquier extracción social y cultural. No importa que sea del country o la villa. Jóvenes o mayores. Eso tampoco influye.

Es terreno fangoso el tema en general. Se tocan sensibilidades inexplicables en la gente. Hay un acto reflejo como respuesta y es algo más o menos así: eso no se entiende nada, vos te haces el culto. Eso es elitista, el ya impuesto adagio cumbiavillero que reza: ¡¡Que te hacé la linda vó Pokemón!! Y las risas burlescas de quien está cerrado aún a la mera posibilidad de saber que existe otra opción. Soy realista y sé que muchos así definirían el tema.
Para todo existe un escenario, cuando el producto vende. Y para que venda hay que promocionarlo.

Esa es la idea. ¿Por qué no convertir la ópera en un producto interesante para el mercado de consumo? Por eso lo del camión presidencial Opera para todos, que al ser una quimera, propongo éste otro postulado más práctico: La solución para difundir buena música está en la matriz del mercado. Aquello que más ventas genera, es lo más valioso para la sociedad. Creo que es de la única manera de cambiar la elección de los organizadores de espectáculos, de los programadores musicales de las radios, y de los programas de TV.

Si se considera éste postulado una aberración, sólo piense en esto. Tomemos cualquier clásico, Sinfonía de Beethoven: ¿Cuál es el valor de ventas que ha generado hasta nuestros días?. Ahora pregunto por cualquiera de los nuevos exponentes, del género y gusto musical que desee. Desde La Vela Puerca hasta los surgentes Wachiturros. En unos años más, serán una anécdota. Otro ejemplo nuestro y cercano es la versión de Drácula de Cibrián Malher, un rotundo éxito que perdura desde años, porque hicieron de él, un producto de nivel, y también comercial. O sea que se puede.

En estas cosas también se discrimina

Para los que somos algo selectivos a la hora de elegir la música para escuchar o a qué espectáculo asistir, deseamos que se invierta desde el Estado, al menos la mitad del dinero que cuestan números populares según la visión parcial de moda. Un gobierno inteligente necesita un pueblo que sepa discernir entre lo bueno y lo malo.

Y una efectiva manera de ser justo, es darle la posibilidad a quienes trabajan en éstos rubros de lo clásico, y se sientan apoyados. Las autoridades de la cultura deben entender que la ópera en San Juan gusta, que el nivel demostrado superó ampliamente las expectativas, que muchos entre asistir a La Traviata y ver a Racing, eligen la Traviata. Y que es también un acto de justicia que Laura Polverini, la soprano que encarnó a Violetta Valery, o Pablo Gaetta, que fue Alfredo Germont, ganen buen dinero por su trabajo, tan respetable y efectivo, como el de cualquier otro artista.

Y usted dirá: el Pájaro esta empecinado en hacer que me guste esa porquería aburrida.

Vea, le aseguro que es verdad que una jornada como la del sábado le puede cambiar la vida. Estremecido por el contenido, supe que hay cosas que a uno le producen un click.  Créalo, como yo creí de nuevo que el amor existe, que sólo el hombre o el diablo puede separar a dos que se aman, que alguien se puede convertir en mejor persona por ese amor, que ni la misma muerte termina con el amor verdadero. Todo esto está en el texto de La Traviata.
Es cuestión de abrir la mente, abrir el corazón. Y abrir la puerta a escenarios de éste nivel.

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