columna

La clave es acompañarnos, no competir

El coach de vida Carlos Gil nos deja nuevamente una columna sobre cuál es la mejor manera de encarar el día a día en tu empresa o emprendimiento. Esta vez, trabajo en equipo.
jueves, 19 de septiembre de 2019 · 10:59

La competencia en nuestra empresa, o a la hora de proyectar nuestro emprendimiento es como un faro principal a tener en cuenta.

Y sanamente considerada la competencia es verdaderamente un estímulo positivo para visualizar futuro, para observar e imitar o para evitar costosos errores. Un ojo puesto en la competencia nos ayudará en nuestro derrotero empresario.

Trasladar la competencia, en igualdad de objetivos a nuestras relaciones personales puede que no siempre sea productivo en positivo y que en muchos casos nos haga vivir en un estado de alerta o de guerra en que nuestro escenario de vida será más bien un campo de batalla.

Se trata de una elección que aún podemos hacer libremente a la hora de establecer el terreno en que desarrollaremos nuestras relaciones. Competir puede ser bueno como estímulo. Nos gratifica el ganar. Pero para ganar a veces importan poco los métodos o cómo queda el contrincante. Además, el perder nos hacer sentir muy mal. Sin embargo, no es irrenunciable vivir en esos extremos.

Nuestras conductas actuales se alimentan en fuentes diversas desde nuestra infancia. Allí al principio es donde influyen mucho nuestros padres, nuestra familia más amplia, la escuela, la iglesia, los amigos y todos aquellos que constituyen nuestras relaciones cercanas. Incluida la práctica de deportes y hasta los juegos, interpersonales o en soportes cibernéticos. Y continuamos siempre, adquiriendo, modificando o ratificando pautas. El elemento común en todos los círculos y en todas las edades es la competitividad, constituida como motor de acción en modo casi permanente.

Repaso mis recuerdos de la escuela primaria y nuestra medición era siempre, o en la lucha por la bandera, si estabas cerca del ansiado premio, o en ganarle a alguna compañera o compañero que nos resultaban un poco soberbios. Ahhhh! Ganamos.

Lo mismo pasó en deportes, había que resultar primero. También en la familia teníamos que ser el más bueno o el más obediente entre los hermanos... siempre compitiendo.

No nos debería resultar extraño que hoy funcionen los mismos comportamientos de competencia a la hora de comparar mi auto con el del vecino, de exhibir como trofeo nuestro mejor ingreso salarial, o hasta de mirar la calidad o tamaño de nuestras casas ganándole a alguien. Y puestos en esas competencias, más de una vez ellas nos instalaron en situaciones tensas, esforzadas o hasta dañinas, preocupados siempre en resultar ganadores. Cuán distinto hubiera sido si nuestras prácticas y hábitos conductuales se hubieran instalado alrededor de otro sistema cualquiera, no tan competitivo.

Elijo ilustrarlo con el ballet. O estamos todos bien... o perdemos todos. En un Ballet un coreógrafo ha expresado sus ideas hacia un grupo de bailarines o solistas, junto a música, trajes, decorado y luces. El resultado es premiado con un aplauso, una buena crítica y la continuidad, cuando se logró el objetivo. Pero siempre del grupo. Si uno de ellos se equivoca y falla, desluce todo el espectáculo. Es verdad, por momentos se luce un solista, a lo sumo con su partenaire. Por momentos es el grupo de bailarines. Pero el resultado de todos es el que se premia. Como consecuencia, se apoyan, se cuidan, se quieren, se miman, se ayudan. Más que ciegamente competir. De haber sido semejante nuestra formación, quizás hoy no elegiríamos la competencia para ganar a cualquier precio, y por lo tanto, desearíamos actuar en el escenario antes que en el ring o en el campo de batalla.

Se trata de una elección que aún podemos hacer libremente a la hora de establecer el terreno en que desarrollaremos nuestras relaciones. Y la diferencia será notable.

Se puede elegir y probar danzar con la amiga, con el compañero de trabajo, con el familiar. Danzar “junto a”, en vez de luchar hasta con armas secretas para ganarle.

De seguro al final habremos aprendido un método distinto de estimularnos, más allá de la competencia, y lo aplicaremos para gozar una  gratificante y distinta relación. Habremos hecho algo muy importante en pro de disfrutar nuestro camino a la felicidad.

 

Carlos Gil Coach, La Granja, Sierras Chicas de Córdoba, Argentina, 12 de setiembre de 2019.

 

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