columna

Hablando de la envidia

El coach Carlos gil reflexiona sobre el sentimiento que a todos en algún momento nos ganó y la forma de seguir adelante.
martes, 26 de marzo de 2019 · 13:00

Casi todos sentimos envidia en algún momento. Y como puede ser malo o bueno sentirla, muchas veces escapamos a su análisis. Es un sentimiento más, que casi siempre lo mantengo en secreto, no lo comparto. Pero es muy importante tratarlo con inteligencia a la hora de poder disfrutar la felicidad.


El cómo tomo lo que se deriva de la envidia, será uno de los pilares sobre los que edifique una vida plena y sana o no, o sobre los que asentaré los motores de mi crecimiento y desarrollo.


Y debería estar alerta a cuando los efectos de la envidia sobrepasan mi equilibrio y entonces acudir a un profesional de la salud. De ese delicado límite también cada uno es responsable.


Pero como sentimiento, todos en algún momento hemos de sentirla. Reconocer la envidia es importante. Deseo o persigo algo porque en mí nació la necesidad o el anhelo, o lo persigo porque alguien cercano o conocido lo tiene o lo logró y yo no.


El reconocimiento de la envidia. En eso radicará un primer paso importante para volver positiva la envidia al momento de permitirme disfrutar la felicidad. El término envuelve las dos acepciones, la negativa y la positiva y en ambos lo uso. Todos en algún momento hemos catalogado una situación, posesión o a una cosa como “envidiable” –eso desde lo positivo- y también hemos esbozado un insulto al categorizar a alguien como “envidiosa o envidioso”, acentuando en lo negativo del calificativo.


Por eso siempre necesitará del análisis pues las consecuencias serán muy distintas en cada caso. Pueden estimularme el admirar con cierta sana envidia al otro e impulsarme a desarrollar algo enriquecedor para mí. O también puede generarme un resentimiento que si no lo administro seguramente envenenará mis momentos y mis decisiones. 


El agravante es que este sentimiento de la envidia, además de secreto, poco compartible, es que se producirá siempre en relación a familiares, conocidos, vecinos cercanos. No envidio al personaje de una película –a ese lo admiro o critico- pero sí envidio al que en circunstancias semejantes a las mías, logró o posee algo que yo no estoy teniendo o sintiendo.


Mis vecinos son un claro ejemplo. Como no he llegado a conocer todos los detalles ciertos y sólo he visto el resultado, -una cerca nueva y segura en su terreno, un auto nuevo, etc.-, resultado que atiende a una necesidad similar a la mía  y siendo que partimos de una base algo similar – nuestra vecindad-, me surgen sentimientos desde la envidia que me produce. El qué hago con esos sentimientos es lo importante a la hora de defender el disfrute de mi felicidad.


Si desarrollo la empatía como entrenamiento para poder ponerme en su lugar y conocer mejor, o si me aprecio lo suficiente para no castigarme por no haber sido el primero o el mejor, quizás esté ante un motor impulsor y reconozca luego en esa “situación envidiable” el comienzo de mi futuro logro.


Si por el contrario, el resentimiento que me genera la envidia lo proyecto en sentimientos, acciones o calificativos negativos y agresivos, nada habrá contribuido a mi favor y por el contrario la consecuencia será un disvalor.


El que la envidia sea sentida por casi todos en algún momento no la minimiza. Debo prestar atención en cada caso y tratar de que sus consecuencias sean siempre estimuladoras y benignas. También tratar de revertir cuando no sea ese el primer sentimiento surgido, y volver positivo el llamado de atención. Y también estar atentos a que cuando los celos u otras derivaciones nos afecten seriamente un profesional de la salud debería intervenir.


Lo que todos ya somos o tenemos es siempre mayor que lo que nos falta. Hacer oportunamente ese balance, mirar sus resultados, reconocerlos, quererlos y querernos, será con seguridad un buen punto de partida para que no nos gane mal la envidia y que el disfrute de la felicidad nos convoque a participar activamente en este festival de la vida en que estamos plenamente incluidos.
 

CARLOS GIL COACH, La Granja, Sierras Chicas de Córdoba, Argentina, 25 de marzo de 2019

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