Columna

¿Cuántos cumplo? ¿Cuántos celebro?

Cada vez más, podemos alterar algunas formas que nos encajaron hasta ahora para, en busca de lo más pleno que nos pertenece, buscar y encontrar una forma adecuada a la realidad individual con que la persona se percibe.
lunes, 04 de febrero de 2019 · 08:28

Por Carlos Gil

Desde hace un tiempo van concretándose nuevos derechos que respetan el cómo se percibe la persona. En cuanto al género se hace necesaria la intervención de organismos de Registro, los que cada vez más rápidamente proceden a asentar un nuevo nombre que se ajuste al género con que se percibe la persona. También se adecuan las leyes y reglamentos, que hasta eliminarían el casillero para registrar en documentos el género aparentemente visible al nacimiento y dar así más facilidad a lo que en el futuro se defina.

Son numerosas las corrientes filosóficas que desde la remota antigüedad opinan sobre la existencia de la realidad en oposición o coincidencia con lo que nuestros sentidos y nuestra mente registra. Y todas las corrientes aportan fundamentos suficientes para sustentarse.

Más allá de esa eterna discusión, nuestra condición humana y social indiscutible, hace que tengamos y actuemos en algunos aspectos, conforme nuestra percepción y también conforme lo que las demás personas, la cultura en general y los espacios nos conceden como definición y como estructura para desarrollarnos.

Y aquí es donde, cada vez más, podemos alterar algunas formas que nos encajaron hasta ahora para, en busca de lo más pleno que nos pertenece, buscar y encontrar una forma adecuada a la realidad individual con que la persona se percibe.

Ya planteamos en una columna anterior el cómo se había devaluado la pregunta y la respuesta correspondiente al abordar el tema de la edad. Al ¿cuántos años tienes? Le corresponde una respuesta que no significa mucho como definición, ya que la percepción individual la cargaba de distinto contenido. “Tengo 70 años” es una de las más fáciles respuestas para ilustrar esta distinta realidad para cada uno.

Decir que se tienen 70 años, hoy puede implicar a una persona dinámica, productiva, vital, sensible como la percepción que tenemos de los de 50, o a una persona en reposo que participa de todos los conceptos de senectud: ancianidad, madurez, vejez, tercera o cuarta edad, que serían palabras para definirla. Y las dos posibilidades son sin duda realidades distintas que referirán al concepto, la vida, la historia y el presente que cada uno haya acunado.

Esa distinta definición puede suceder en la persona misma –el cómo se percibe- y también en los demás, los cercanos y la sociedad, que al tratarlo como más joven o como a un anciano habrán de subrayar características esperadas según se trate de una u otra realidad.

Y aquí es donde puede tener relevancia y consecuencias el decidir, ante el próximo cumpleaños, qué edad es la que debe uno celebrar. Si como se hizo hasta ahora se celebra la cronológica, la que cuenta desde el nacimiento, o se celebra la edad con que uno se percibe, en muchos casos menor, pero que dará la posibilidad de que los demás la reconozcan y lo traten a uno como tal. Y también que uno mismo adopte decisiones que si bien no alteran el documento o lo legal, explican, ayudan o exigen cumplir condiciones conforme la realidad percibida.

Consciente de las consecuencias, en estos días, junto a mis nietos, hijos, amigos, compañeros de gimnasio, de profesión y de trekking he celebrado las dos edades: orgulloso festejé los años que van desde mi nacimiento y feliz celebré los años que corresponden a la edad con que me percibo y con la que me pretendo ser coherente. En la tradicional torta se encendieron los dos números y lo eternizará la foto. Y no fue para confusión, es la alegría de que en esta época pueda hacer público el cómo me percibo y que pueda exponerlo para que quien lo desee me acompañe a transitarlos. Casi 70 desde que nací (69 para ser preciso) y casi 60 para como siento, vivo y me expreso. Mi realidad percibida y en la que pueden acompañarme mis afectos.

Y también en mi experiencia y percepción, más autopistas construidas en mi camino a la felicidad. Que es la felicidad misma.

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