Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que no queda área en la que los cambios no estén produciéndose con una intensidad y un ritmo más que acelerado. Cambian las costumbres, la cultura y las leyes. Cambian los conceptos tanto sobre el dinero como sobre la familia, las comidas o el sexo. Casi estamos a punto de perder la capacidad de asombro y hasta por pasar al otro extremo. En algunas cosas está siendo común preguntarnos: ¿Cómo, esto aún no ha cambiado?
Cambio de época: más que muchos cambios
Cualquier juego de imaginación nos ratificará que ya tenemos incorporado el ritmo de cambios. Si por alguna causa nos durmiéramos un año o algún largo tiempo, estamos seguros que al despertar tendríamos que imponernos de muchos cambios como los que se han producido en igual período reciente. Habría que conocer de pronto no sólo las nuevas funciones de los teléfonos, los nuevos enfoques de la medicina y la nutrición, las costumbres innovadoras en las familias y las relaciones, el objetivo que comanda la educación, las fórmulas y los sistemas financieros, la moda, la arquitectura, la ética, el lenguaje, el trabajo, la religión o la moral, etc., etc., etc. Y esto sólo por enumerar una lista que es casi innecesario hacer: los cambios están presentes en todo.
También como juego de imaginación se puede llegar a pensar en otras épocas de cambios profundos en la historia de la humanidad. Y llegar a imaginar el nacimiento de la máquina y la industria. Se pasó de practicar más de 10.000 años la agricultura como actividad dominante, a una era o época industrial. Vapor, mecánica, máquinas, fábricas, operarios, modas, enfermedades, economía, organización, costumbres, arquitectura, urbanización, transporte, todo distinto, adaptado al necesario cambio. Los hijos que habían crecido sabiendo que convivirían en la misma familia original, aún después de formar pareja, acercando todos brazos de labranza a la siembra, cultivo y cosecha tenían de pronto nuevos horizontes, tentadores, promisorios. Pero a la vez desarmadores de ese núcleo antes tan fuerte. Debían trasladarse de la zona agrícola a la industrial, adoptar otras costumbres, compartir y socializar en la fonda o taberna, inexistente antes en el campo, en igual formato. Todo fue cambio. Tanto que a la distancia lo vemos hoy claramente como el nacimiento de otra era, de otra época, que muy poco o nada tenía que ver con la anterior.
Algo similar podría estar pasando hoy en el devenir de la humanidad y no lo estamos viendo así por estar inmersos dentro de ello. Pero quizás en un tiempo más adelante se nos vea como que no reconocíamos que estábamos viviendo un cambio de era o de época, por lo tanto los cambios no habrían de ser sorprendentes, sino lógicos y necesarios.
Hoy, la magnitud, frecuencia e importancia de los cambios lleva a afirmar que se vive en una época de cambios.
En mi concepción adhiero a quienes plantean que más que una “época de cambios”, estamos viviendo un “cambio de época”.
A esto ya se dedican a estudiarlo –y deberían dedicarse más- filósofos, sociólogos, pedagogos, científicos y todas las disciplinas que abarcan el hacer y el saber universal.
Nada propio de esta época actual puede mirarse con la comprensión, el juicio, el razonamiento o el rigor que correspondía a la época anterior. O sea, como lo veíamos muy poco tiempo atrás.
Y esto nos lleva a la necesidad de darnos cuenta que fuimos educados, formados, guiados para una realidad que ya no es la misma. Que necesita de otros paradigmas, otro funcionamiento, otra concepción y distinto impulso para cumplir los nuevos objetivos que se nos presentan como los vitales.
De allí los conceptos que se desgranan en muchas de mis columnas publicadas, que reflejan un pensamiento que podría agruparse como “de distintos puntos de vista”. O como conceptos que se adecuan a una nueva época, que aunque no tenga nombre que la identifique no por ello no existe.
Son puntos de vista aplicables a una realidad para la que no fuimos educados o preparados.
Pero necesarios de mirar, juzgar, adoptar o no, siempre que al considerarlos nos preguntemos si se explican dentro de la época que vivimos hoy o si se corresponden a la recientísima época anterior.
Vivimos hoy. Nuestra persistente búsqueda de la felicidad deberá sin dudas considerar esto de que más que transcurrir en una época en que se suceden innumerables cambios, estamos viviendo un CAMBIO DE ÉPOCA, y a ello es imposible sustraerse.
Carlos Gil, La Granja, Sierras Chicas de Córdoba, Argentina, 13 de octubre de 2018