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Las etiquetas no son para cualquiera - Por Daniel Soler

viernes, 1 de junio de 2012 · 20:55

Existen muchos malos productos que se salvan en la góndola gracias a la etiqueta y a la ignorancia del consumidor.
De la misma manera, hay productos superlativos, diferentes, únicos, con etiquetas pésimas, quietas, sin estímulos, que son rescatados sólo por el que sabe consumir.
El arte de hacer una etiqueta, de vino por ejemplo, requiere que, cliente y diseñador tengan una fusión casi espiritual, en post del alma del producto.
Hay muchos casos de clientes ateos y agnósticos despreocupados por el alma, que más bien les gusta el  pragmatismo del limbo, como también diseñadores que de tanta  pizza y sobredosis de Muzarella se atrancaron para el vuelo.
 Gustavo Idemi  y Horacio Rossi son pioneros en San Juan en la tarea profesional y bien resuelta. Gustavo comenta que “los trabajos mejores pagos se hicieron para un empresario que trabaja el mercado de Estados Unidos y Canadá, no sólo porque se pagan en dólares, sino por la precisión de los pedidos aunque conceda poco tiempo para el desarrollo”.
Horacio reconoce que “es un trabajo fascinante, completo, de investigación, de enriquecimiento técnico y artístico, pero donde se gana menos respecto de otras áreas de diseño de productos”.
De aquellas históricas acciones pioneras donde había que educar clientes, Horacio recuerda sus peores anécdotas: “Una etiqueta para un vino en la que querían reproducir una guarda real tallada, pero variando los tonos de acuerdo a cada varietal, se hicieron más de 1.000 muestras, con variaciones imperceptibles, y siempre para satisfacer al cliente aunque lo desaconsejáramos como diseño por falta de pregnancia, contraste, un símil mármol olvidable, ¿resultado? Se mandó a imprimir como querían, con un resultado espantoso como decíamos, todos perdimos meses de trabajo”.
En el mismo sentido, Gustavo recuerda el aperitivo tipo Gancia que saldría a competir al mercado nacional: “Encargó su etiqueta en San Juan. Los socios hicieron millones de pruebas, desde la más económicas a otras más caras con papel metalizado, cuatricromía, stamping, un año de trabajo que terminó en la pelea de los socios, una experiencia horrible”.
Pese a los tecnicismos y discurso de los diseñadores, un exitoso empresario desafía: “Hay que hacertar en el paladar del mercado, el resto es verso. Vendí en Wanson, China, el vino que llevaba, ellos me sugirieron que ponga en la etiqueta un detalle de argentinidad, la bandera o algo, y coincidimos en el tango. Ni bien bajé del avión fui a una imprenta. La persona que me atendió me mostró una silueta de tangueros entre miles, elegí una, y listo, en diseño de etiqueta invertí cero y el negocio global fue muy bueno”.
Horacio comenta: “El problema muchas veces es que te encontras con empresarios que toda la  relación costo-beneficio la reducen a la mínima expresión y creen saber más de lo que realmente saben, creen tener más intuición de la que tienen y te condicionan a hacer algo en lo que realmente no crees, por suerte ya aprendimos a decir no gracias”.
Con gusto citan el cambio de imagen de Almar hecha por Rossi, o las etiquetas de Grazianni de Idemi, el de jugos Pepito en conjunto, son desafíos resueltos todos “Made in San Juan” para un mercado que crece en calidad, de la mano de nuevos diseñadores y cabezas empresariales diferentes.
La personalidad del producto no es diferente a otras reglas que conocemos, donde el vestirse para la ocasión es propio del respeto a la cultura y la regla social, o  estar entre pares y que no te etiqueten en lugares indeseados es propio de las reglas cibernéticas a seguir.
Etiquetar un producto es definirlo, diferenciarlo, darle valor, estimular y sorprender, es lo que hacen estos profesionales, más allá de los antojos.

 

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