tinta rosa

¡Viva el des-pelote! - Por Gema Gamboa

viernes, 13 de abril de 2012 · 22:25
Por esas cosas que tiene la vida, tuve la posibilidad de visitar muchos lugares en países diferentes y experimentar ciertas cosas y situaciones que jamás  imagine. Una de ellas fue encontrarme, no sé cómo, por primera vez en una playa nudista.

Seguramente muchos de ustedes estarán pensando en este momento, lo que pensaba yo  antes de llegar a esta situación: ¡Que degenerada!  ¡Que vergüenza! ¡Como hay gente así! ¡Yo sería incapaz! ¡Jamás podría!

Déjenme que les diga que de todo eso me olvide en cuanto llegué.

Era una playa muy pequeña, un tanto retirada de la ciudad, realmente preciosa. Recuerdo que se llegaba caminando por un sendero y allá a lo lejos ya se podía divisar  lo que yo definiría como el “Edén”, pero sin hojitas de parra en ninguno de los seres que había ahí. Bueno, para ser mas clarita “estaban todos en pelotas”.

A medida que me acercaba, la sensación era muy extraña, tan extraña que sentí que yo no era dueña de mis ojos, era imposible poder controlarlos. Lo mismo pasaba con mi boca, la mandíbula inferior tenía vida propia empeñada en querer tocar el suelo, les juro que era increíble pero así de cierto como se los cuento (quizás por eso la deformidad de mi cara, o quizás por seguir todavía vestida, aquellos seres despelotados me miraban tanto).

Pasado el primer shock no dejaba de pensar: ¿Qué carajo hago yo acá? Me dispuse a realizar la rutina de cualquier hijo de vecino cuando va a la playa, que dejar el canasto y relojear el lugar, que extender la toalla, que desplegar la reposera, que la sombrilla y todas esas giladas típicas ¿no?. En este caso dejando el “sacarte la ropa” para el final, porque, como comprenderán, yo no tenía que sacarme sólo la ropa, yo tenía que quedarme en bolas también. Momento traumático si los hay.

Una vez sentada en la toalla, tratando de callar a esa voz interior que me decía “no mires, no mires, no mires” y sin poder controlar el movimiento giratorio de mí cabeza que, como un radar se detenía en el punto llamado “no mires” a cuanta persona pasaba frente a mí, junte valor  y finalmente logre sacarme el corpiño de mi bikini. Acto seguido, miro a mi derecha y veo a un tipo que me fulminó con la mirada, veo que se levanta su toalla (Uh, cagamos) ¿Me mira las tetas?) Detrás de él se asoma un mujeron, pero un mujeron, que más que tetas tenía dos bolas de boliche, gordas, duras y puestas a unos 10 centímetros del cuello. Hice lo que no te recomiendo que hagas si vas a una playa nudista  o si haces topless: las mire y me las mire, una y otra vez. Fue ahí cuando entendí por qué el tipo este me miró y el muy cabrón esbozo una leve sonrisa: claro, mis tetas al lado de esas eran dos guantes de látex, color blanco teta –justamente-. Pero eso no fue nada, porque después vino un desfiladero de gente con atributos anormales de todo tipo. Yo los veía como en cámara lenta  y no sé porque pero si no había movimiento de vaivén arriba lo había abajo. Lo cierto es que a casi todos les colgaba algo.

Pasado el segundo shock, era el turno de quitarme la otra parte del bikini y aquí sí le puse huevos. ¡Vamos Gemita que vos podes! ¡Vamos carajo! Y en el momento en el que mis calzones estaban en mis tobillos (yo pensaba, listo ya está, no pasó nada) siento que me dicen por detrás: ¿Gema?... “Ay la puta madre, esto no es posible”, pensé. Mirá que hay lugares en el mundo. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Quién carajo me conoce aquí? Cuando giro me encuentro con una antigua compañera del colegio católico, por cierto, la típica “patito feo” convertida en un cisne quirúrgico, cañón de mina, tremendas tetas, cero panza y un culo poético, que después de saludarme me miro con ojos de “jamás me olvido de todo lo que me hiciste en el colegio perra”. Me sonrió y me dijo con un cierto asco: “¡Pero qué sorpresa! ¡Mira donde te vengo a encontrar!”. Yo pensaba: no me jodas. Cuando me doy cuenta, me estaba mirando de arriba abajo y me dice: “Te voy a presentar a mi marido, es cirujano”. Qué sutil la muy hija de p…
Charlamos un rato, sorprendidas de cómo y dónde nos volvimos a encontrar. Les cuento que en eso viene el marido, ¡madre mía! ¡Qué marido! Cómo les explico mi cara, los ojos se me salieron de órbita, la mandíbula inferior se descolgó nomás, eso era una tercera pierna, era exagerado, yo les pido que imaginen el cuadro: yo en bolas, la ex pato feo en bolas y el marido en bolas alardeando del trípode bajo la cintura, era el momento perfecto para decir “tierra trágame”.

Siguió la tarde, se sumó toda la familia del médico y mi ex compañera del colegio ahí, estábamos todos juntos y en pelotas, la vergüenza y el pudor ni sé dónde quedaron.
Les cuento que no volví nunca más pero sí le puedo decir que si alguna vez van a una playa nudista por primera vez tengan la precaución de que no haya nadie conocido y que una vez que estén en bolas, ¡corran directamente al mar. A bañarse desnudos… eso sí es genial!

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