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El observador - Por Rachid Yarhad

viernes, 30 de marzo de 2012 · 22:20

Una joven de 16 años reúne a sus padres y les comunica que está embarazada. La madre reacciona a los gritos preguntándole a la adolescente “cómo pudo haberle hecho esto”, que les estaba arruinando la vida. El padre, con aire preocupado, pero sin disimular su alegría, sólo le pregunta quién es el padre de la criatura y qué piensan hacer con ella. Finalmente, la joven le dice que no se preocupen y que no lo piensa tener.

Esta es una posible escena de la vida real en la que vemos cómo tres personas emparentadas, que conviven y se quieren, pueden pensar totalmente distinto sobre un mismo hecho. La madre reacciona desde el “deber ser” y la culpa, el padre desde la responsabilidad y la alegría, y la joven  desde la irresponsabilidad y la acción.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué personas tan unidas entre sí tienen tan distintas opiniones? La respuesta es que cada una de ellas tiene un observador muy distinto al del otro de cómo se vive la vida. Este observador que tenemos en nuestro interior es la suma de las particularidades que hemos aprendido a medida que nos formamos como personas: lo que aprendimos en nuestra familia, en la sociedad, la religión y la cultura. Se completa por nuestro género u elección sexual, y también por características biológicas como ser alto, flaco, rubio, pecoso, etc. Así se forma un ser humano que tiene una forma única de observar las circunstancias de nuestras vidas, y por eso es  necesario conocer cómo es ese observador y qué posibilidades tenemos de cambiarlo.

El observador tiene como principal herramienta una conversación interna que nos va diciendo cómo son “las cosas”. Esa conversación interna nos mantiene dentro de un marco de referencia y cualquier situación que se salga de allí nos llamará la atención.

La conversación de la madre le dice que está “mal” lo que le comunica la hija, porque para tener hijos hay que ser mayor y estar casada. La conversación del padre le dice “qué alegría, voy a tener un nieto y deberé hacerme responsable yo de esta situación”. La conversación de la muchacha le dice “no te hagas responsable de lo que hiciste, hacé como tus amigas y no lo tengas”.

Estas conversaciones internas de los observadores traerán distintos resultados. Posiblemente la madre se enoje con la hija porque no acepta algo que para su observador está “mal”. El padre termine haciéndose padre de su nieto, porque su observador le dice que se tiene que hacer responsable de todo lo que pase en su familia. Y tal vez la hija pase toda la vida culpándose por este “error de juventud”, tal como se lo presenta su conversación interna.

En los resultados no queridos es que nos comenzamos a preguntar de dónde vienen esas decisiones. Cuáles son los parámetros que usamos para tomar esas acciones. En esos momentos en que no podemos identificar por qué nos pasó lo que nos pasó, es cuando iniciamos un viaje interior para conocer nuestro observador.

Cuando lo identificamos y nos damos cuenta de la conversación interna que utiliza, vemos que es tan sólo eso, una conversación y como tal, podemos cambiarla. Es así de fácil, sin mayores complicaciones. Identificamos que lo que nos decimos no nos da buenos resultados y decidimos modificarlo. Al tratar de cambiar nuestra conversación interna, o por lo menos bajarle el volumen en nuestra cabeza, ya estaremos cambiando nuestro observador: a partir de la sola idea de salir del marco de referencia que antes hablábamos, ya estamos teniendo una nueva forma de ver la vida.


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