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Acuerdos - Por Rachid Yarhad

viernes, 02 de marzo de 2012 · 20:35
Por Rachid Yarhad
rachidyahard49@gmail.com

Una situación. Una mujer le avisa a su marido que se va al supermercado. El recibe el aviso y no dice nada. Ella vuelve cargada de bolsas. Él se acerca presuroso para ayudarle con todo lo que ha traído. Él le pregunta: “¿Por qué no me avisaste para que te acompañara para traer todo esto?”. Ella enojada le contesta: “Te tendrías que haber dado cuenta solo”.

Otra situación. Él la llama y le dice “pásame a buscar por la oficina que tenemos una cena con los compañeros”. Ella una mujer joven se viste lo mejor posible, algo que incluye una falda más arriba de las rodillas pero no minifalda, y tacos altos. El refunfuña toda la noche y cuando llegan a la casa, ella le pregunta qué le pasa, él le responde: “Cómo querés que esté si para una salida de trabajo te vestís  como una loca”.

Las situaciones aunque distintas en los hechos son similares en parejas que no están acostumbradas a hablar entre ellas y que dan por supuesto lo que el uno quiere del otro, y que el otro sin saberlo debe hacer porque tiene que “saber cómo son las cosas”. En estos ejemplos se observa la principal falla entre los miembros de una pareja, que es la falta de comunicación. Y en esa falta de comunicación lo peor puede ser la falta de acuerdos.

En una relación sí o sí debe haber acuerdos claros sobre el rol de cada uno. Si no, todo lo que no se habla (no se acuerda), será luego una pelea o una crisis, que en la mayoría de los casos es un gasto inútil de energías  que solo corroe la relación. Los supuestos siempre corren por parte de uno solo y no de los dos. Son parte de la soberbia que el otro por ser su pareja sí o sí tiene que saber lo que nos gusta o no. Esto no es así y debemos tenerlo en claro.

Para acordar hay que saber pedir y saber ofrecer. Saber aceptar o negarse, o renegociar, y siempre buscar respuestas satisfactorias con respecto a la claridad. Es por eso que es bueno chequear y chequear lo que el otro pide, lo que el otro ofrece, lo que el otro niega, acepta o renegocia. Si no existen estos standares de satisfacción en los acuerdos, luego no se podrá reclamar por ello debidamente.

Si las respuestas o los acuerdos no son claros, lo que tendrían que ser reclamos, pasan tan solo a ser quejas, realizadas por personas que nunca tuvieron en claro lo que acordaron.  O solo basaron los hechos en la relación en el supuesto de que el otro por el solo hecho de estar a nuestro lado debe saber.  Y está de más decir que las personas quejosas son por lo menos irritantes.

Muchas veces tenemos miedo a las respuestas del otro ante nuestros pedidos, por eso no los hacemos. Pero esas respuestas nos hablaran del otro y también de nuestra relación, y a veces elegimos no escucharlas. Si la mujer que iba al supermercado no le pidió al marido que la ayudara, sería porque creía de antemano este le iba a decir que no, por lo tanto no lo hizo. Para ella es mejor quejarse después basada en su supuesto, que hacer la pregunta y aceptar la respuesta.

Otras veces no dejamos en claro lo que queremos. Si el hombre que invitó a la cena de trabajo a su mujer le hubiera dicho como le gustaría que se vistiera, se hubiera ahorrado el ataque de celos. Él supuso que ella pensaría cual era la forma de vestirse para una ocasión según el criterio de su marido. Pero si ella solo pensó en ponerse bella para la cena, lo único que hizo es seguir sus standares de belleza, más allá del criterio del otro.

Es decir los acuerdos están para hablarse, para cumplirse, para renegociarlos, nunca para callarlos y suponerlos.

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