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El no y el basta - Rachid Yahard

sábado, 24 de marzo de 2012 · 00:31

La declaración del “no” es el arma más contundente para defender nuestra dignidad. Cuando decimos “no” a otro o a una situación que nos trae sufrimiento, nos estamos diciendo sí a nosotros mismos. Básicamente cuando decimos “no” estamos compremetiéndonos  con cuidarnos y hacernos respetar. Es muy poderosa la declaración del “no”, tanto que muchos no se animan a usarla para no tener que afrontar los cambios que la declaración produce.

Un ejemplo. Trabajamos en un lugar donde tenemos evidencia de que no se nos aprecia. Que las faltas de respeto a nosotros y a nuestro trabajo son constantes. Esta situación nos pone de muy mal humor y cada vez nos cuesta más ir a ese lugar para realizar nuestra labor. Lo indicado sería decir “no” sigo aquí y cambio de lugar de trabajo.

Cuando decidimos hacerlo y estamos dispuestos a declarar el “no”, muchas veces nos echamos atrás y no lo hacemos pensando en la dependencia económica que tenemos con el trabajo y con las obligaciones familiares. Lo que decidimos en ese momento es que son más importante todos esos argumentos que nuestra propia dignidad.

Así entramos en una de las peores emociones en las que se puede vivir, que es la resignación. Es decir por más que yo quiera algo mejor para mí, me resigno a lo que tengo y vivo la vida que me toca. Cuando hablamos de resignación podemos decir también que normalmente una persona que se resigna en algún ámbito de su vida (en este caso en el trabajo) también lo hará en los restantes.

La pregunta que uno debe hacerse es: ¿Es esta una vida que vale la pena vivir? ¿Cómo sería la vida que quiero vivir? ¿Cómo liderar un cambio en mi propia vida? Si se buscan las respuestas a estas preguntas, la declaración del “no” es un gran comienzo, porque a la vez que le estamos poniendo límites a los otros, nos abrimos a una serie de posibilidades que antes no teníamos.
En el caso del trabajo que mostramos más arriba, ¿qué pasaría si decimos que no y nos vamos de ese lugar? Seguramente nuestras necesidades económicas y obligaciones familiares no habrán desaparecido, por lo tanto comenzaremos a accionar. Este paso a la acción será muy distinto al anterior, porque gracias a la declaración del “no” ya sabremos qué situaciones no queremos volver a repetir y cuáles son las que afectan nuestra dignidad.

También existe la declaración del “basta”, que en definición es igual a la del “no”, pero además de proteger nuestra dignidad, tiene la fuerza de ponerle un decisivo punto final a un proceso de sufrimiento que estábamos viviendo. Además nos sirve para asegurarnos que al que se lo decimos escuche definitivamente lo que queremos decir. El “basta” es tan determinante que además de la declaración lleva directamente a la acción.

En las parejas se dan muchos ejemplos de “basta”, especialmente cuando uno de sus miembros se cansa de que los acuerdos hechos entre ellos (fidelidad, respeto, económicos, etc) se rompan constantemente. Llega un momento en que la dignidad está tan atacada y que a pesar de los reclamos no se tienen respuestas, que la declaración del “basta” puede llegar a hacer temblar las paredes.

Un ejercicio para aquellos que están en un proceso de este tipo y no se animen a decir “basta”. Pararse, apoyar bien los pies en el suelo y decir “basta”. Observen como lo dicen, si no los convence, repetirlo pero con voz más alta. Si siguen sin creerse la declaración, repitan cada vez más fuerte, pero ahora cierren bien los puños y golpeen con sus pies el suelo  cada vez que lo digan. Repítanlo todas las veces que sean necesarias, hasta que un fuerte grito de “BASTA” salga de su voz.

 

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