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Límites - Por Rachid Yarhad

viernes, 17 de febrero de 2012 · 22:17
Por Rachid Yarhad
Rachidyarhad49@gmail.com

Si fuéramos a una definición fría diríamos que poner límites es la acción de marcar una división entre territorios. Simplemente estaríamos marcando territorios con respecto de qué  o quiénes nos queremos separar. Esto que funciona también en geografía, también funciona perfectamente en la vida. Poner límites en la vida es una clara forma de cuidar nuestro espacio y de resguardar nuestra dignidad.

Una de las cualidades más importantes de los límites (ya sean geográficos o personales) es la claridad con que son enunciados y mantenidos como tales. En lo personal,  una de las armas más importantes para poner límites –y por ende defender nuestra dignidad- es la declaración del “no”. Saber decir “no” en tiempo y forma pondrá un límite claro a los otros que no necesitará de mayores interpretaciones.

Un “no” es un “no” y sólo quiere significar que no aceptamos lo que el otro nos pide, lo que el otro hace, o lo que el otro dice. Es decir, es un límite muy claro y preciso. Un ejemplo: una pareja de personas se conoce, salen un tiempo, deciden ponerse de novios y con el tiempo se van conociendo. En una charla aparece el tema del trabajo y el muchacho le dice que su esposa que “no trabajará”, que se “quedará en la casa a cuidar a los hijos”.

Si en ese momento la joven reacciona y le dice “no” al rol de esposa que espera su futuro marido, le estará diciendo que no a una forma de la vida porque no la comparte. Una forma de la vida que no es la suya. Le estará diciendo “yo veré si quiero o no trabajar, no daré por sentado que no lo haré”. Es decir, estará defendiendo su libertad, su derecho a trabajar y a tener una familia. Es decir,  su dignidad. Le mandará un mensaje muy claro a su pareja.

Cierto es también que cuando uno se planta en el “no”, hay un precio que pagar. Quizás en este caso sea la disolución de la pareja y la finalización de una historia de amor. Pero habría que preguntarse si ese amor era tan válido como para resignar parte de nuestra dignidad. Normalmente no lo es, y los “no” que no son dichos a tiempo, luego saltan a borbotones en las crisis. Decir un “no” a tiempo es también una forma de anticipar futuras crisis.

Muchas veces las personas no pueden decir un “no” porque no les gusta recibirlos. Entonces crean un pacto tácito en que no le dicen “no” al otro, para que el otro no se los diga a ellos. Para saber decir que “no”, primero tenemos que aprender a recibirlos, aceptarlos y ver qué nos produce cuando alguien nos dice que no. Hay que verse en ese momento y realizar un aprendizaje al respecto.

Otra forma de poner límites, es ponérselos  a uno mismo. ¿Cuántas veces hacemos cosas que no queremos hacer o que no nos gusta hacer? Para poder empezar a poner límites a los otros, quizás tendríamos que empezar a ponernos nuestros propios límites. Empezar a decirnos “no”: “no voy a hacer esto que me hace mal”, “no voy a estar con esta persona que no me respeta”, “no voy a escuchar más a esta persona que me manipula”.  Tomarnos en cuenta y ser  los propios defensores de nuestro bienestar.

Luego de decir el “no”,  vendrá un segunda parte que será la de mantener esta declaración. De nada sirve decir “no” si luego vamos a cambiarlo ante cualquier circunstancia. Está casi implícito que el valor del “no” se mantendrá tanto como lo podamos sostener: una de las formas de ser digno, es también ser coherente. Y es en esa coherencia donde radica el éxito del límite que hayamos puesto.

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