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Mejor es decirlo - Por Por Rachid Yarhad

viernes, 06 de enero de 2012 · 19:25
Por Rachid Yarhad
rachidyarhad49@gmail.com

Un querido amigo me decía que había llegado a la conclusión de que muchas veces había vivido todo tipo de sensaciones físicas por situaciones o pensamientos que tenía intención de hablar con alguien y no se animaba a hacerlo. Debido a estas experiencias tomó una decisión que, según él, le sirvió para cambiar su relación con los otros.

Esa decisión fue la de hablar y comunicarle al otro qué le pasaba. No importaba si sabía o no sabía lo que le pasaba, la idea era decirle al otro: “Algo me pasa con vos, aunque no sepa que es. Hablemos a ver que sale”. Se llevó varias sorpresas, porque al identificar qué era lo que le pasaba o le molestaba del otro, se daba cuenta que muchas veces los quiebres en esas relaciones tenían que ver más con su creencia de cómo eran las situaciones, de cómo lo eran en la realidad.

Finalmente, mi amigo me aseguró que luego de hablar estas cuestiones “que le molestaban”, inmediatamente la sensación física desaparecía. Cuando se dio cuenta de esto, empezó a utilizarlo más frecuentemente, asegurando que este método lo hacía sentirse “más liviano” y aconsejaba siempre que “es mejor decirlo”.

Uno de los ejemplos más fácil de reconocer es la sensación de angustia. La angustia es una emoción que mezcla el miedo a una situación, la tristeza que causa la misma y la anticipación de la idea que a este “problema” no lo podré resolver. Físicamente muchas veces se representa con una sensación de un nudo en la garganta.

Mejor representación imposible. Si algo no nos permitiera hablar con otros, es un nudo en la garganta. Sería biológicamente imposible. La realidad es que es solo una sensación y biológicamente sí podemos hablar, pero nuestras emociones, en este caso la angustia, nos mandan esta sensación para mostrarnos lo que nos está pasando.

Al ser tan fácil de identificar la sensación, es más fácil de resolver. Si uno le pasa esto “de sentir un nudo en la garganta”, lo primero que tiene que pensar es en qué estoy queriendo decir y no lo digo.  Ser reflexivo y sinceros  con uno mismo. Parar la pelota y, por un momento, pensar qué es realmente lo que nos pasa y no seguir alimentando esta sensación automáticamente.

Al identificar qué nos pasa o con quién nos pasa (aún sin saber cuál es la causa), podemos iniciar una conversación. Podemos sacarlo de nuestras emociones y tratar de transformarlo con la palabra. Posiblemente se den dos situaciones. Alivio, porque aquello que creíamos que era una situación sin salida, en realidad, sí la tiene. O una profunda tristeza por definir una situación. En ambos casos, habrá que vivir lo que nos toque, pero ahora sin dudas y sin nudos en la garganta.

Muchas veces estas sensaciones de angustia no se pueden hablar directamente con la persona que tenemos este quiebre. Normalmente porque son personas que no están presentes, como padres u otras personas que amamos que han fallecido. Pero al contrario de todo lo que se pueda pensar, es posible entablar una conversación sobre ellos y liberarnos de angustias que son históricas en nuestras vidas.

En la actualidad hay muchas terapias que nos pueden ayudar en este tema y no hay que tener miedo a pedir ayuda. Investigarnos, vernos y abrir todas las conversaciones posibles con los presentes y los ausentes. Porque la palabra es liberadora y, como decía mi amigo, “mejor es decirlo”.