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Martes 30
de Septiembre
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análisis

Periodista mendocino criticó el contenido de la Fiesta de la Vendimia

Un periodista de un medio mendocino criticó lo que considera un defectuoso rescate de la historia provincial y vendimial en la nueva edición del tradicional festejo.

Periodista mendocino criticó el contenido de la Fiesta de la Vendimia
En la historia reciente de los actos centrales de la Vendimia, en los, digamos, 10 o 15 últimos años, ha habido una increíble variedad de espectáculos. Los estilos, marcados por sus directores, han hecho de esta seguidilla de propuestas algo que aún sigue dejándonos la duda acerca de si estamos ante un verdadero género o si la Vendimia del teatro griego Frank Romero Day sigue buscando, todavía, su forma.
Pero en esta historia breve, en la que encontramos a artistas que han enriquecido la fiesta (el primero, Walter Neira, y luego Héctor Moreno y, en algunos aspectos, Gloria Bratschi, Alejandro Conte y Claudio Martínez), también tenemos a una serie de directores que han querido, de una manera y otra, conservar lo que ellos consideran no debe tocarse de estas clases de propuestas.

Compilar lo ya probado.
Y entre ellos, qué duda cabe, está Alejandro Grigor, el responsable principal de Te miro… Vendimia de colores, el espectáculo que desde el sábado inunda el escenario histórico de la fiesta mendocina. Grigor, de formación teatral y con una larga experiencia en espectáculos departamentales, quiso hacer de su fiesta una reivindicación de lo que él consideraba “tradicional”. Pero que, visto lo visto, no era más que un verdadero compilado de lo previsible, ya fuera desde el punto de vista de la propuesta escénica como desde el guión en sí. Un rejunte amorfo que sólo dejó en lo alto, para la dignidad del balance, a la música original de Mario Mátar y Daniel Talquenca y a los paneles lumínicos en la escenografía de Esteban Patiri.
Es que el director ofreció una puesta en la que el punto de partida fue una especie de Génesis vitivinícola, donde un Mirador se une a una Bodega para intentar encontrar en el paisaje que observan los colores y valores que una tierra como Mendoza y una circunstancia como la Vendimia, le permitirán descubrir. Grigor eligió, por supuesto, para la voz del primero, a Rafael Rodríguez, una especie de Morgan Freeman vernáculo cuando de este tipo de personajes se trata. Y, para la Bodega, Grigor se volcó por la bella conductora y virreina de 2008 Julieta Navarro, a quien mostró en una pantalla con imágenes más propias de una publicidad de crema de enjuague que de un ícono del vino.
Un camino errático
Pero, como fuera, el Mirador y la Bodega lo llevaron a Grigor avanzar por temas como la gesta sanmartiniana, la inmigración, el destino de los habitantes originarios, el uso del agua y, por supuesto, la vendimia. Un recorrido errático, como se ve, disgregado y divagante, ya que la narración intentaba buscar una unidad que nunca existió, y a los espectadores no nos quedaba otra que intentar recibir el asunto cuadro a cuadro, olvidando cualquier ilación.
Y en esos cuadros, los espectadores vimos de todo. Por ejemplo, un armado icónico del monumento del Cerro de la Gloria, con actores en reemplazo de las esculturas, muy atractivo como propuesta, pero de hechura más bien tosca. Y vimos el arribo de un barco de inmigrantes en el que suponemos que la desértica Mendoza no tenía nada que ver, y la aparición insólita del Metrotranvía, cosa que nos remitió a viejas y desafortunadas apariciones insólitas, como la del tractor amarillo en una Vendimia de Pedro Marabini.
También Grigor aludió a los indios huarpes, nativos de estas tierras, en un cuadro amarillo acunado por una magnífica música de Mátar y Talquenca, pero en el que la vestimenta parecía mostrarnos a una cultura maya antes que una milcayac, propia de estas tierras.
Gracias a la música
En fin, este tipo de cuadros marcaron el decurso de una fiesta desvariada, por la que no dejaron de pasar una Vendimia personificada (e interpretada por la muy suelta reina de la Vendimia 2010, Flor Destéfanis), coreografías con ritmos típicos y, claro está, los golpes de efecto como el peregrinar de una Virgen de la Carrodilla, lento y casi ominoso, para pegar en los corazones de los fieles presentes.
Mientras el grupo en vivo, ubicado en el centro de escenario y del que destacaron las hermosas voces de María Eugenia Fernández o Carina Páez, o deslumbraban algunos arreglos de esa extraña combinación entre Mátar (con influencias de la etapa ochentosa del grupo King Crimson) y Talquenca (cultor del más refinado Cancionero Cuyano), mientras algunos cuadros con uso exclusivo de música y luces se lucían más que los que sumaban actores y bailarines; mientras todo ello pasaba, Grigor dejaba en claro cuál era su objetivo primordial: buscar el impacto.
Pero si hemos visto cuadros impactantes como un tango inspirado bailado en el agua (Héctor Moreno), un conmovedor retrato del choque entre indígenas y colonizadores (Neira), o hasta una primera aparición de enormes caballos sobre la escena (Rúpolo), en el caso de la Vendimia de Grigor ese impacto fue buscado a través del aturdimiento. Subrayando con gritos desde la voz en off, buscando el embotamiento psicológico de un último cuadro con todas las luces encendidas y un ritmo frenético, haciendo estallar petardos en medio de un cuadro. En fin, utilizando recursos más bien toscos para conseguir lo que con la propia plástica de la puesta (es decir, con la elaboración escénica de una espectáculo antes que con algunos de sus recursos), no podía conseguir.
¿Tradición? ¿Qué tradición?
Cuando lo que se propone, para una fiesta de las magnitudes como ésta, es rescatar lo tradicional y tratar de tener al público en un puño, no hay que olvidar la lección de los grandes puestistas. Recordar que lo bueno que hizo Abelardo Vázquez no fue incluir una canción del Cuarteto Imperial sino llevar la fiesta a los cerros, colocar luces donde nunca las hubo o poner su prestancia poética al servicio de su guión; recordar que lo bueno que hizo Walter Neira no fue instalar una estructura metálica en el medio de la escena, sino revitalizar los cuadros más remanidos y aprovechar su magnífica capacidad para conformar momentos visuales únicos. Es decir, advertir que la marca de la tradición en Vendimia es la constante renovación por la vía de la exquisitez estética, no la repetición de sus momentos más chatos.
Te miro… Vendimia de colores resultó, en suma, un paso en falso dentro de un recorrido de por sí zizagueante como es el de la historia de los espectáculos en el Frank Romero Day. Desde la pobreza de su título a la concepción de su puesta, esta fiesta, más que mirar al pasado, miró a lo pesado de la misma. Y de no haber sido por una música como la de Mátar y Talquenca o por algunos hallazgos ocasionales, casi pudo ser la Vendimia de lo pisado.
Lo más
+ La música original de Mario Mátar y Daniel Talquenca y la interpretación del grupo en vivo.
+ El uso de paneles lumínicos propios de las mejores fiestas de los ’80 y ’90.
+ La apuesta a sumar como actrices a reinas de años anteriores capaces de brindar buenas interpretaciones. En este caso, Flor Destéfanis y Julieta Navarro.
Lo menos
- La inclusión del Metrotranvía en medio de la fiesta, completamente fuera de lugar.
- El mal uso de la iluminación, contrastado con el bun uso de las cajas lumínicas.
- Las imágenes usadas para la voz del narrador (la voz era masculina y los ojos, femeninos), la Bodega (parecía propio de un spot televisivo) y los cortes de transmisión en la pantalla de la izquierda del escenario.

Fernando G. Toledo
fgtoledo@diariouno.net.ar

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