Editorial

(Escribe Monseñor Lozano): `Un amor que no se cansa´

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo coadjutor de San Juan de Cuyo y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social.
domingo, 23 de abril de 2017 · 09:05:00 a.m.
Queriendo abrazarme ha venido a mi encuentro. Después de dar yo tantas vueltas se hizo de mi propia carne, y nació Niño frágil en Belén. Y para que no queden dudas de su amor, murió y resucitó para que tengamos vida en abundancia.

Toda su enseñanza respira y transpira misericordia: ovejas y monedas que se pierden y son buscadas incansablemente, hijos esperados con anhelo indescriptible, pecadores perdonados, siempre perdonados.

Permanentemente nos llama a confiar en Él. Recordemos que una de sus últimas oraciones fue "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), como disculpando a quienes le agredían y suplicando la misericordia del Padre para ellos.

Cómo no acudir entonces con confianza. Jesús no quiere el castigo de los pecadores, sino la conversión para vivir en paz y felicidad.

En este domingo siguiente a la Pascua, celebramos la Fiesta de la Divina Misericordia, instituida por San Juan Pablo II, en el Jubileo del año 2000. Hacemos fiesta porque Dios está siempre dispuesto al perdón, y desea ardientemente nos acerquemos a Él, que ya dio no sólo el primero paso, sino que nos abrió eternamente las puertas de la misericordia.

Las lecturas de la Biblia que proclamamos durante la Pascua nos acercan a la presencia Viva del Resucitado en medio de sus discípulos. Hoy leemos el pasaje en el cual Jesús Resucitado se hace presente en medio de los Apóstoles en la mañana de la Pascua.

¡Qué alegría inmensa habrán sentido! Jesús mismo les desea la Paz, los libera del miedo y del encierro. Les dice: "Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Jn 20, 21). Pero faltaba uno de ellos, Tomás. La desconfianza en el testimonio de los demás la expresa de manera bien clarita: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré" (Jn 20,25). Testarudo, desconfiado, tal vez como cualquiera de nosotros.

Ocho días más tarde volvió a aparecerse Jesús, y esta vez sí estaba Tomás. No puedo imaginar su cara ante las palabras del Maestro: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe” (Jn 20, 27).

La fe nos colma de alegría. Por eso concluye Jesús: "¡Felices los que creen sin haber visto!”. Pienso en los primeros Cristianos que abrazaron la Fe por la predicación de los Apóstoles y los misioneros. ¿Eran menos favorecidos que los que habían escuchado las enseñanzas de Jesús o vieron algunos de los milagros? No. De hecho, algunos contemporáneos de Jesús no le creyeron y hasta lo condenaron. Por eso esta afirmación tan alentadora para nosotros. "¡Felices los que creen sin haber visto!”. La fe es un don de Dios que cada uno acoge con libertad en su corazón.

Jesús, para alentar la fe de Tomás, le muestra sus llagas.

Hoy también tenemos que acudir a palpar las llagas de Jesús. Él está presente en los dolores de su cuerpo, en los hermanos torturados, las familias pobres, los adictos, los pisoteados en su dignidad, los ninguneados, los descartables.

Jesús hoy vuelve a mostrarnos esas llagas no como cicatrices de orgullo, sino como los rastros luminosos de su Pasión.

Si nos animamos a acercarnos al dolor daremos testimonio de la vida nueva que nos habita e impulsa al servicio.

Dios no se cansa de buscarnos y alentarnos a la conversión para que dejemos de lado la comodidad y el egoísmo.

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