Opinión

(Escribe Monseñor Lozano): "Amigos más allá de la muerte"

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo coadjutor de San Juan de Cuyo y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social.
domingo, 02 de abril de 2017 · 12:34:00 p.m.
Jesús disfrutaba de la amistad. No era un hombre hosco o solitario. Se apartaba de los demás para orar a solas largas horas con su Padre, como nos muestran los Evangelios. Pero después andaba con los 12 apóstoles (entre los cuales se destacaba su mayor confianza con Pedro, Santiago y Juan), los discípulos y unas cuantas mujeres que les acompañaban. Participó de una fiesta de casamiento, y compartía la mesa con quienes lo invitaban a comer.

Tenía gran afecto y cercanía por los hermanos Lázaro, Marta y María, una familia que vivía en Betania a unos tres kilómetros de Jerusalén. En esa casa Jesús pasaba algunos tiempos de descanso, y allí acudía también con los discípulos al regreso de alguna recorrida misionera.

Pensemos en la confianza que se tendrían como para caer de improviso a comer con 10 o 15 personas más, con el cansancio del camino, ¡en tiempos en los cuales no había WhatsApp ni teléfono para avisar!

Me hace acordar a algunas mamás con hijos adolescentes, cuando les llegan de pronto con 10 amigos después de un partido de futbol y tienen siempre a mano unas pizzas en el freezer o un paquete de fideos.

En el evangelio de San Juan que proclamamos este domingo en las misas, se nos cuenta que Lázaro estaba enfermo de gravedad, y le mandan dar esta noticia a Jesús, que no estaba muy cerca. Para destacar esta amistad tan grande el mensaje es conciso y concreto: "Señor, el que tú amas está enfermo” (Jn 11.4). Sin embargo no acude con prontitud, y su amigo muere.

Esta ocasión es utilizada por Jesús para anunciarnos una vida nueva ya desde este mundo: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás”. (Jn 11, 25-26)

En el momento de acercarse a la tumba de Lázaro, Jesús se conmueve y llora. Reza al Padre y ordena al difunto "¡Lázaro, ven afuera!” (Jn 11,43), devolviéndole la vida.

La enseñanza de Jesús quiere centrar muestra atención en la vida eterna, una vida que supera los límites de la muerte. Y esto se da gracias a la Pascua, y al bautismo que nos incorpora al mismo Cuerpo de Cristo. Una realidad tan fuerte y vital que Jesús nos dice "Yo soy la vid; ustedes, los sarmientos” (Jn 15, 15) mostrándonos que por nosotros corre su misma vida como la savia de un árbol. Esa vida nueva ya ha comenzado en nosotros, no es sólo promesa, sino realidad que está brotando.

"Ustedes son mis amigos”, nos confiesa Jesús en la última cena, abriéndonos su corazón. Jesús no nos hace adherir a una ideología, sino que establece con nosotros una vinculación nueva, nos hace ser amigos, con todo el significado que esta palabra tiene.

Volvamos nuestra mirada a la muerte. Ella está más cerca de lo que sospechamos. No lo digo para que tengamos miedo, pero veamos cuántas veces nos sorprende en familias que conocemos: enfermedad, accidente, violencia… Y también otras circunstancias que limitan la vida o ponen un freno: la pobreza, la soledad, la traición, los fracasos…

Pero también tenemos que decir que la vida irrumpe con más fuerza aún: un nacimiento, gestos de solidaridad, las familias que educan con amor a sus hijos, la belleza de un paisaje…

Ya muy de cerca de la Semana Santa que comienza el próximo Domingo de Ramos nos abrimos a la tensión, la lucha entre la muerte y la vida. Una batalla que se despliega cada día, y que en la Pascua vemos que la última palabra no es la destrucción, sino la vida.

Esta semana que pasó se hizo pública la designación del padre Héctor Luis Zordán como nuevo obispo para la diócesis de Gualeguaychú. Una gran alegría, por cierto también muy esperada. Él tendrá la hermosa tarea de fortalecer la comunión

fraterna y renovar el impulso misionero. Rezamos para que el Espíritu Santo lo ilumine.

Hoy evocamos también lo acontecido el 2 de abril de 1982, que en la memoria nos hacer resurgir un sabor amargo. Recemos por los jóvenes que murieron, y también por los que aún hoy, a 35 años, sobrellevan heridas no curadas del todo.

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